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DESDE EL CAMPANARIO DEL HOSPICIO PROVINCIAL

ARCHIVO GASTÓN UGARTE. ca. 1904

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FRAN RÍOS RAFFO / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Con 11 años y por culpa de una guerra, Ovidio acabó en el hospicio. Si hoy la palabra suena mal, sonaba antaño peor. La “Real Casa de Misericordia” fue luego “Hospicio Provincial” y desde 1935 “Hogar Ramón Pignatelli” por ser este ilustrado quien en 1774 reformó la institución, alejándola de su carácter carcelario y consiguiendo de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos de País los dineros que posibilitaron erigir el edificio. 

Siglo y medio después, Ovidio, ahora Isidoro (a él también hubo que cambiarle el nombre) se hizo allí linotipista, y una vez formado y crecido  marchó al Uruguay, donde trabajó en uno de los más prestigiosos periódicos nacionales. 

Pues bien, en alguno de aquellos domingos de posguerra en los que siendo chaval Ovidio/Isidoro merendaba en casa de mis abuelos, relató haber subido a la bola dorada que corona la linterna de la cúpula del orfanato. Mi padre, también chaval, se lo creyó, y mucho más tarde me lo contó a mí, que me lo creí igualmente. Después yo se lo conté a otros. 

Hasta que un día, sólo seis décadas después, Isidoro dijo que no, que se lo había inventado. 

Tampoco parece posible el que Emilio Gastón Ugarte subiese a esa bola para tomar estas fotografías. Adonde sí subió fue al campanario del templo proyectado por Martínez Sangrós  y Juan Atienza, incorporado al vasto edificio en 1867. Es decir, en el momento de la toma era prácticamente nuevo, como muchos otros elementos que aparecen en este peculiar entorno al servicio de la caridad y la milicia, propiedad de la Diputación Provincial, un invento alumbrado en el reinado de Isabel II.  

Desde esa altura, en dos veces, Gastón retrató a la Zaragoza entrante al XX; pretenciosa, mediana de envergadura, igual de católica que de anticlerical, algo crispada y necesitada de cambios. Indecisa entre ser moderna o la de siempre. 

A sus pies, los tejados en el vértice del cuadrangular asilo, con el pertinente torreoncillo, único superviviente de los cuatro originales, recuperados luego con la rehabilitación de 1984. Sin barroquismo alguno la plaza de toros todavía en su versión decimonónica, será reformada en 1917. De momento, el Coso de la Misericordia se hallaba revocado, como lo estuvo el resto del complejo. Sus instalaciones formaron un todo con la Real Casa hasta la apertura de la calle Gómez Salvo en 1934. No obstante, si aún no existía la calle, sí su titular. El Dr. Gómez Salvo era por aquellos tiempos director de la Maternidad Provincial, que junto con la inclusa ocupaba la actual calzada. Proyecto posterior, de tiempos de la República, fue la Maternidad Provincial, sita en la esquina. Inmediato al coso, casi tangente con él, el cuartel de Cid, cuyos heroicos muros perimetrales aún perviven. Y más que deberían pervivir.
 

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Los campanarios del Portillo se enfrentan a su estrecha calle homónima, falta mucho para la apertura de Conde de Aranda. El templo, en el mismo estado en el que lo había dejado Yarza tras su reconstrucción de 1827, con ambas torres mochas. En 1955 Manuel Lorente las concebirá tan recatadas y eclécticas que bien podrían estar como no estar. A su derecha, el ancho hueco sin edificar correspondiente a las huertas de Santa Inés y las Fecetas, lindan hasta el punto de que no se distingue qué coliflor pertenece a cada monja. 

Nuestro fotógrafo no intenta ser innovador —en 1905 serlo no era imprescindible— y la línea del horizonte la sitúa en el centro, coincidente con la lámina del Ebro. El puente del ferrocarril se queda, por poco, fuera de plano, los árboles de más acá crecen en los viveros del Ayuntamiento, los de más allá en el Soto de la Almozara. Surgiendo tras la parroquial del Portillo aparece la chimenea de la Industrial Química, acabada de ser puesta en marcha en 1899. Con la salvedad pues de los conventos, seguimos hablando de edificios e industrias muy recientes por entonces.

Una vez tomada la fotografía descrita, aunque pudo ser antes, desde la misma torre Gastón realizó la otra. Destaca sobre todo el gran edificio esquinero, levantado en la década anterior, destinado a viviendas y oficinas anejas al cuartel de Sangenís, del Regimiento de Pontoneros. De éste retrata su gran  patio de armas. Al portón, que abre todavía a la calle Madre Rafols, convendría cuidarlo. Son tiempos peligrosos para los portones históricos abandonados a la desidia. En el instante de la foto esta vía todavía era conocida por su nombre dieciochesco; calle de La Misericordia. El inminente centenario de los Sitios traerá cambios en el nomenclátor, un poco más de modernidad, impostado patriotismo y un puñado de turistas. Encarados al patio asoman los dos frontones picudos del noviciado de Santa Ana, en ese 1905 otro novísimo edificio recién ocupado.  

Sobre el neblinoso fondo distinguimos el Pilar, con la segunda torre haciéndose, a punto de llegar a la mitad pero tomándose su tiempo. La siguiente torre que sobresale a la derecha es la de San Felipe, desde hace una docena de años desparejada de su colosal vecina. Deslizándonos otro poco vemos los gruesos torreones de la Audiencia, justo bajo las siluetas soberbias de la Seo. Otro trecho y topamos con la linterna de la Mantería, que es bajita pero se las apaña para salir, y antes que ella, próximo pero distante en el plano, el campanario de San Juan y San Pedro se estira también para la foto, ignorando que no sobrevivirá al siglo. Quedan sólo por mencionar la iglesia de San Gil y luego, antes de la gran cúpula de Santiago, la torre de la Magdalena, recrecida en el barroco como castigo a su descarado empeño en carecer de campanario. De joven nunca lo necesité —alegaba ella—.

Al impresionante templo de Santiago quiso la mala fortuna que una tormenta de verano del año 1860 le hundiese la cúpula. Ésta que luce en la foto es una malamente reparada por entonces. En 1964 Regino Borobio la rehízo con más talento, aunque por cosas de la vida en la actualidad la silueta de San Ildefonso no es tan fácil de ver en el horizonte como lo fue en épocas pasadas, cuando sobresalía fanfarrona del resto de la urbe. 

Entre las dos fotos Gastón se ha dejado pocas cosas por contar. Deduzco que si no fotografió la estación de los Directos de la Compañía  MZA, a su espalda, bautizada del Santo Sepulcro y estrenada hacía apenas una década, fue porque le estorbaban la cúpula y la mencionada bola. Y ya que de bolas hablamos, de haberse girado hacia la derecha, al fondo y sobresaliendo de los tejados de los hotelitos del óvalo de la plaza de Aragón hubiese podido captar el orbe que remata el monumento al Justiciazgo, erigido justo el año anterior. 

Es obvio que el fotógrafo ignoraba quién llegaría a ser su nieto.
 

Gentileza de “AINUR. Trabajos Verticales. SL”. 

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