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LA AZAROSA HISTORIA DEL PARQUE BRUIL 

 


Fotografía de Gerardo Sancho Ramo. Archivo Municipal de Zaragoza.
Imagen de la escalera y acceso al parque desde calle del Asalto, tomada momentos antes de su inauguración, en 1965. Al fondo las naves del cuartel y la barriada de “Sementales”. A la derecha de la imagen, una fuentecilla de piedra y una preciosa escultura de un niño jugando al “guá”.

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ALFONSO MARTÍNEZ ABAD / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Los fastuosos jardines de la antigua torre de Bruil siguen, 150 años después, ofreciendo a niños y mayores un espacio de disfrute en la naturaleza.
    
Acostumbrados como estamos en la actualidad a disponer en nuestra ciudad de una buena oferta de parques y espacios públicos de recreo, se nos antoja difícil entender la importancia que tuvo para los niños de finales de los sesenta la apertura del tan esperado Parque de la Torre de Bruil.

Familias enteras de los barrios de San Agustín, Tenerías, San Miguel, La Magdalena y Las Fuentes, acudían a disfrutar por entonces del vergel de sus jardines, piscinas, columpios y toboganes, y en el colmo de la originalidad, de un mini zoo único en la ciudad.

El espacio del actual parque ha sido testigo de grandes hitos históricos. Hacer un breve repaso a los mismos puede ayudarnos a conocerlo mejor a todos los que, en mayor o menor medida, pudimos disfrutar en nuestra infancia del lugar entre juegos, chapuzones y aventuras. 

Todo empezó en 1842 cuando D. Juan Faustino Bruil Olliarburu, entonces ya reputado hombre de negocios, comprara por 40.000 reales y muy a pesar de doña Engracia, su señora madre, la antigua finca de los agustinos. Desde joven, había soñado que algún día la adquiriría para sí, y que recrearía un edén en aquellas tierras yermas. Los viejos del lugar le habrían contado con qué mimo cultivaban los olivos los padres de San Agustín y sus fámulos. Y cómo debieron talarlos, con gran pesar, en los momentos previos al asedio francés, evitando así que los soldados enemigos se parapetaran tras sus añosos troncos.

Junto a la misma, alquilaría un pequeño terreno anexo perteneciente al Hospitalico de Niños Huérfanos. Ambos campos de labor, convenientemente regados por el último brazal de Romareda Baja, se convertirían gracias al buen hacer de afamados jardineros franceses, en un lugar único.

Se diseñaron paseos cubiertos por bóvedas vegetales, caminitos entre exóticos arbustos, que desembocaban en coquetas plazoletas con cenador cubierto; se plantaron centenares de árboles y plantas de especies comunes y de otras nunca vistas; se construyó un estanque en el que nadaban peces de innumerables colores y se instalaron jaulas con faisanes, pavos reales y otras muchas aves. En el soto, junto al Huerva, se soltaron corzos y gamos, que deambulaban en total libertad. Acristalados invernaderos cobijaron especies poco resistentes al rigor continental. Y una pequeña “montaña rusa” hacía las delicias de los amantes a emociones más extremas. A la par se erigieron los edificios que iban a dar acceso a todo ese universo natural que, aunque de construcción sencilla, disponían de salones para la lectura y la tertulia, sala de juego de billar, y hasta capilla, sin olvidarnos de la casa del guarda.

Don Juan, aparte de decidido emprendedor, era hombre generoso para con sus iguales. Gustaba por ello compartir su torre los fines de semana con sus conciudadanos. A tal fin se repartían, en los diversos círculos en los que se movía, invitaciones para visitarla. Pasar un domingo con la esposa en tan afamada y popular torre y relacionarse en un entorno natural era algo a los que pocos se resistían, máxime en una época en que los lugares de ocio eran tan escasos y secularmente cerrados al género femenino.

Entre las diversas especies arbóreas abundó especialmente la morera blanca. Quizá el motivo pudiera encontrarse en los criaderos de gusanos de seda que, como negocio y junto a la fábrica de desovillado del capullo e hilado de la fibra, mantuvo el Sr. Bruil en unas edificaciones al norte de la torre. Sus negocios, fundamentalmente financieros, no obstaculizaron el desarrollo de estos últimos, más fabriles y de curiosa naturaleza.

Como liberal acérrimo y siendo D. Juan Bruil el mayor valedor que Espartero tuvo en la capital aragonesa, los salones de tertulia de su torre fueron lugar de encuentro de diversas gentes del mundo del comercio y de la guerra, todos afines al Partido Liberal y Progresista. Se planificó entre sus muros la sublevación de Zaragoza de 1854 que, junto con otras ciudades que la secundaron, dieron como resultado el encargo por parte de la reina Isabel II al Duque de la Victoria (Espartero), de formar gobierno. Con ello España entraba en el Bienio Progresista.

Bien supo el alto general recompensar a su fiel servidor Bruil, a la vez que aprovechar sus habilidades financieras, nombrándolo Ministro de Hacienda de su gabinete, cargo que desempeñó entre 1855 y 1856.

Pero el desempeño de tan alto cargo al final se mostró efímero y controvertido. No es de extrañar, por tanto, que los años posteriores no fueran excesivamente halagüeños para los Bruil-Mur. Puede uno imaginarse, pues, que el mantenimiento de la torre representaba un serio problema añadido a la situación de la economía familiar, en cierta medida precaria. 

Por un momento, la propuesta de utilizar sus jardines para acoger en parte la Exposición Regional de 1868, pareció que pudiera dar un principio de solución satisfactoria para todos. Al final, ya lo sabemos, el certamen se desarrolló en la Glorieta de Pignatelli, lugar que poco después pasó a denominarse Plaza de Aragón. 
 

Archivo Mollat-Moya.                                                                                                              Don José María Montserrat, ca 1883.                                                                                      Don José María posa junto a una hermosa escultura. Una de tantas que adornaban sus jardines.

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Ante la carencia de otras expectativas, y sin esperar a que el año finalizase, la torre fue finalmente vendida en todo su conjunto. Pese a las prisas que hubo de aplicarse don Juan Bruil en la venta, ha perdurado hasta nuestros días la impronta de su nombre por tan magnífica obra.

Fue don Fernando de Cavia y su esposa, padres del eminente y querido periodista don Mariano, los siguientes propietarios de la finca. Poco aporta a la historia los años que mantuvieron su propiedad. Quizá, como curiosidad, pensar en el disfrute que de la misma haría su hijo Mariano, entre otras cosas inventor de la palabra “balompié” para definir más castizamente el deporte que, años después, se practicaría en el solar.

En 1883 fue adquirida por don Sebastián Montserrat, historiador, abogado y gran coleccionista de arte y antigüedades. Tuvo éste el gran acierto de habilitar los recintos cubiertos de la torre para albergar sus magníficas colecciones, conformando un auténtico espacio museístico. A la par, restituyó el resto de la finca, llamada ahora “Quinta de Montserrat”, a su antiguo esplendor. De la misma, se hablarían maravillas en la prensa de la época describiéndola como “parque suntuoso y amenísimo, donde el público zaragozano se solaza los días festivos a los acordes de una música militar y, al propio tiempo, uno de los mejores establecimientos de horticultura, arboricultura y jardinería en España, dotado de un asombroso catálogo de frutales europeos y americanos, de árboles forestales y de adorno”.
 
Con el cambio de siglo, tanto los momentos de ocio de los zaragozanos como el negocio hortícola encontraron otros lugares: Quinta Julieta, Quinta de las Flores o Quinta de San José. Se entiende que José María Montserrat, concejal muy activo del consistorio zaragozano, al heredar en 1913 la finca de su padre Sebastián, encontrara graves dificultades para su mantenimiento, que no se soportaba con los escasos rendimientos de la explotación como lugar de recreo. Quiso, no obstante, intentar alguna que otra empresa, como la fábrica de jabones finos de tocador, que no llegó a materializarse.

Así habrían de pasar dos largos y decadentes lustros hasta que, inesperadamente, la familia Montserrat llega a un acuerdo con la directiva del Zaragoza C.F. Corría el año 1924. Por aquel entonces era éste uno de los equipos punteros del fútbol en la ciudad, militante de la 3ª División regional que buscaba afanosamente hacerse con un terreno de juego propio. El contrato que se firmó entre el Sr. Irache, directivo del club y el entonces propietario de la finca, obligaba a éste último a ceder la superficie necesaria para la construcción de un campo reglamentario con una franja alrededor para tribuna y espectadores de pie, adecuar edificios para vestuarios y gimnasio. El club correría a cargo de los gastos y abonaría una cantidad mensual en concepto de alquiler más un porcentaje de taquilla y el pago de las correspondientes contribuciones. Tras el acuerdo, trabajadores y socios del club balompédico se pusieron manos a la obra. En un primer momento se procedió a la tala y arranque de árboles, desbrozado y allanado del terreno, para seguir con la realización de la tribuna principal, elevada mediante la aportación de varios miles de carretadas de tierras y áridos. Los restos de esta sólida “grada” constituyen, aún hoy, el talud y paseo superior del parque. Una vez concluidas, en la jornada del 19 de octubre del mismo año, se inaugura el flamante terreno de juego con un partido entre el Zaragoza F.C. y la Real Sociedad Atlética Stadium. El resultado, de 0-4 a favor del equipo visitante, no fue óbice para que los 6.000 aficionados que se congregaron disfrutaran de la fiesta de inauguración y los periódicos alabaran el admirable aspecto del terreno de juego, con su fondo arbolado y unas gradas preferentes con sillas y pequeños palcos. En 1932, con la fusión del Zaragoza C.D. y el Iberia S.C. el nuevo equipo abandona el campo de la Torre de Bruil sustituyéndolo  por el de Torrero.

Seguirían utilizando las instalaciones futbolísticas otros equipos durante unos pocos años más, pero en la mente de su propietario, don José María Montserrat, había una idea que le daba vueltas continuamente: La construcción de un canódromo, como establecimiento de ocio y apuestas. Sin duda basaría su nueva aventura empresarial en los grandes éxitos que cosechaban este tipo de negocios en otras ciudades españolas. Para adecuar el terreno a las carreras de los galgos sería suficiente con aplicar una capa de ceniza y limos compactada sobre el terreno de juego. Efímero canódromo resultó, que apenas cumplió el año de funcionamiento. La declaración de Guerra Civil y todo lo que ello supuso dio como resultado el cierre del mismo y de la propia finca de recreo. 

Los años que duró la contienda apenas ofrecen noticias reseñables sobre la torre. Y, a falta de mejores usos para la misma, fue utilizada como aparcamiento de automóviles que, escondidos tras los ramajes, podían permanecer ocultos a los bombarderos de la aviación republicana.

Superadas las primeras décadas de la posguerra, se constata un considerable deterioro de las instalaciones. Es entonces cuando el consistorio comienza a barajar la posibilidad de proceder a su expropiación. Las condiciones para convertirlo en el tercer parque público de la ciudad, tras el de Pignatelli y el de Primo de Rivera-Cabezo de Buenavista, eran ideales, tanto por su situación como por la todavía existente zona arbolada de que disponía y que podía, muy bien, aprovecharse. Pero como las cosas de palacio van despacio no sería hasta 1959 cuando el ayuntamiento se haría con los terrenos, añadiendo a los mismos los del antiguo, y renombrado en la historia de los Sitios, Molino de Goicoechea. Se procedió a partir de entonces a calificar todo el conjunto como zona verde urbana de uso público. Anteproyectos, proyectos y modificaciones a los mismos, dilataron hasta la primavera de 1964 la fecha de aprobación final. Algunos meses después quedaban adjudicadas las obras de cerramiento, alumbrado y derribo de las viejas edificaciones que constituían la entrada a la antigua torre.
 

Archivo familia Buil Juan, 1968.                                                                                          Zona norte del Parque, ajardinada con profusión de palmeras. Detrás, el acceso por calle del Asalto, a la que asoman las dependencias conventuales de las agustinas de Santa Mónica y su iglesia.

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Por fin, la víspera del 18 de julio de 1965, el alcalde Gómez Laguna, inauguró el nuevo parque. Se trataba de una primera fase en la que, entre los magníficos jardines y arboledas de la vieja torre, se habilitaron zonas de paseo con sus bancos y las áreas de juegos infantiles, con veintiún aparatos. Tras la inauguración oficial el lugar fue tomado al asalto por centenares de familias de los barrios de alrededor. Los niños quedaron desagradablemente sorprendidos en un primer momento pues, si bien ya se encontraban las obras comenzadas, comprobaron que no había sido finalizada la soñada piscina. Debieron esperar hasta mediado el mes de junio del año siguiente para disfrutar de la misma. Esto no fue óbice para que, a partir de entonces, el espacio acogiera diariamente, tras el “cole”, a la chavalería de los modestos barrios donde, entre compañeros y amigos, se compartían juegos y aire libre.

 

Archivo familia Buil Juan, 1968.                                                                                          Zona  de aparatos y juegos infantiles.

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En octubre de aquel año de la inauguración los zaragozanos se sorprendieron con la apertura de un mini zoo en un área del parque próxima a la calle de Alvira Lasierra. Se trataba de una serie de jaulas en las que se habían ubicado monos babuinos, pavos reales, un pequeño jabato, una leona y una pareja de osos pardos. Durante algún tiempo los animales causaron furor entre niños y mayores. Se hablaba incluso de que, era una experiencia piloto para un definitivo zoo a ubicar en los Pinares de Venecia, con todo tipo de animales salvajes venidos de todos los continentes. Pronto se demostró que aquello iba a ser una quimera. En cuanto aparecieron los primeros rigores invernales los pobres monos, procedentes de lugares más cálidos, perecieron de pulmonía. Y eso que se les había instalado un pequeño calefactor.

 

Archivo familia Ballestero Sanz, 1970.                                                                              Niños junto a la jaula de los osos. 

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El pavo real, que disponía de cierta “libertad” de movimientos, había sido degollado por parte de unos gamberros. Y para colmo, el que otrora fue jabato, alimentado por los centenares de niños que compartían con él su merienda, había engordado hasta tal extremo que apenas podía moverse en su pequeña jaula. A este inconveniente los técnicos municipales pronto encontraron solución: se organizó una cacería al jabalí, dándole suelta por el parque. Al cazador que lo abatió, aparte de los honores correspondientes, se le reconoció el derecho de quedarse con la cabeza del ejemplar. El resto del cuerpo constituyó un plus de proteínas para los ancianos asilados en la Casa Amparo. Varios medios de información a nivel local y nacional comentaron con cierta sorna la forma tan “práctica” de resolver el asunto.

No mucho después, la leona murió por raquitismo. La inadecuada alimentación la había dejado a casi la mitad del tamaño normal, doblada de patas y casi ciega.

La pareja de osos seguían con su lento deambular en una jaula que a todas luces se les quedaba pequeña. Nicolasa y Juan, que así habían sido bautizados, tuvieron algunas camadas, si bien no sobrevivió ningún osezno pues Juan, el padre, acababa por matarlos. No podía permitir que otros rivales dominaran su territorio. Años después este murió abrasado vivo por el lanzamiento de un objeto ardiendo que acabó prendiéndole el pelo. Sola quedó Nicolasa en los treinta y cinco metros cuadrados que ocupaba la jaula. 

Como suele ocurrir también en la especie “homo sapiens” la viuda demostró, contra toda lógica, una fortaleza sin igual. A pesar de ser continuo objeto de ataques varios, perdigonazos en los ojos (que la dejó con la conjuntiva hipertrofiada), Nicolasa no dejaba de contonear su enorme cuerpo de un lado a otro de la jaula, pasando toda vez por el foso del agua donde en los meses caniculares encontraría alivio al sofocante calor. Ya en los ochenta, concienciada la ciudadanía por el respeto a los animales, la situación se tornó inadmisible. Comenzaron entonces  las gestiones para llevar al pobre plantígrado a otro lugar más digno en el que acabara sus días. En un primer momento se planteó el Balneario de Panticosa, por ser hábitat idóneo para esta especie, pero fue finalmente Rioleón Safary-Park, en el Vendrell, donde acabaría su singladura. Concluyeron bien las gestiones que para ello hizo el Rotary Club de Zaragoza y Galerías Preciados. Hasta en el reino animal se daba el eterno dilema entre montaña y playa a la hora de elegir lugar de descanso.

Los niños que acudían aquellos primeros años al parque desarrollaban una suerte de liturgia propia del lugar, marcada por la enorme popularidad de su piscina. Las madres, y algún padre no aficionado a “la partida”, soltaban al agua a sus retoños tras liberarles de la ropa. La piscina, de formas curvas, se dividía en tres zonas, siendo la del centro, donde menos cubría, la destinada a los más pequeños. Disponía de toboganes directos al agua que hacían las delicias de los chavales y preocupaban sobremanera a los padres a quienes se les veía en el gesto ceñudo, posiblemente, calcular el gasto en mercromina y tiritas. Pero si de algo se caracterizaba el momento del baño era por estar irremediablemente supeditado por las dos horas y media de digestión forzosa. Tal cosa obligaba a los chicos a una cansina recurrencia en preguntar, a todo el que lo tuviera, por la hora que marcaba su reloj. 

Tras los chapuzones y demás cabriolas acuáticas, arrugadas las yemas de los dedos e inflamados los ojos por el cloro, se salía del agua a la orden de la autoridad familiar. El cambio de ropa solía hacerse por el sistema tradicional de enroscarse el cuerpo en una toalla pero también existían una especie de vestuarios consistentes en dos recintos exteriores cercados por una chapa de acero pintado de blanco de metro y medio de altura. 

Con el desgaste físico que toda actividad acuática conlleva la siguiente etapa no podía ser otra que la de la merienda. Bocadillos envueltos en papel de estraza, o de periódico, bien surtidos de lonchas de embutidos varios o untados de crema de chocolate, desaparecían rápidamente ante el ansia devoradora de aquella infancia que gastaba energías. Era también el momento de visitar la jaula de los animales y, por qué no, echarles alguna miguilla de pan.
 

Archivo familia Ballestero Sanz, 1970.
En la piscina, zona de pequeños. Al fondo el talud coronado por el paseo superior y las escaleras de subida al mismo. 

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Acabada la merienda y aburridos ya con la visita al tan visto mini zoo, los niños se aplicaban al juego del pelotón; o a disfrutar de aquellos columpios que, ya perdida la pintura, comenzaban a oxidarse; o jugar al “güá”; hacer carreteras en la tierra… Todo se permitía entonces, todo menos atravesar el “muro prohibido” que cerraba el recinto por el este. Este muro tenía una abertura a modo de acceso al río que fascinaba a los chicos. Separaba el mundo seguro y feliz de otro "mundo" en el que se intuía la presencia de seres mitológicos, todos malos, o de seres más reales pero igual de malvados. Algunos niños aseguraban haber vislumbrado tras él al temible "hombre del saco". Según crecieran todos comprobarían que, como mucho, las únicas presencias eran las de parejas que aprovechaban la soledad y penumbra del lugar para dar rienda suelta a sus pasiones. Todo bajo el tufillo omnipresente de la gran alcantarilla urbana que era, por entonces y un poco todavía lo sigue siendo, el pobre afluente íbero. Por algo, cierto novelista de la tierra, casi anónimo, escribía refiriéndose al parque: “… es abrazado por un río que caracolea sucio de espumas y con pieles de aceite”.

El final de la tarde, que en verano siempre es corta, sorprendía a todos desperdigados por todo el recinto. Las madres llamaban a grito pelado a sus hijos con la amenaza de no volver al día siguiente si no aparecían pronto. Se recogían los bártulos y, paradójicamente más sucios que a la llegada, la chiquillada partía hacia casa para acabar deberes y evitar, a ser posible, que Cleo y la familia Telerín los pillara a medio cenar.

La historia sigue. La Torre de Bruil, que nació como lugar solo accesible a las élites, lo es ahora para todo aquél que quiera disfrutarla. Nada queda de la burguesa finca de recreo, poco del parque que fuera inaugurado a mediados los sesenta. Pero hay algo que sigue consustancial al mismo: ese sentido que nos hace encontrar, en un espacio natural, esa parada en el tiempo que las gentes de cualquier condición y edad, de un siglo o de otro, siempre hemos necesitado.


 

 

 

 


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