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LA CATEDRAL DEL PILAR, MUCHO MÁS QUE LA COLUMNA

 

 

Representación de la Imagen de la Virgen del Pilar sobre la Columna, flanqueada con imágenes de Santiago orando ante la Virgen y predicando a sus discípulos.
 

Autor de la imagen, J. Lévy et Cie, 1889, Archivo Mollat-Moya

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MANUEL ORDÓÑEZ GRACIA / Anteayer Fotográfico Zaragozano

 

“Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza”
En esta jaculatoria que conocen bien los zaragozanos, sobre todo los que viven en las cercanías del Pilar, ya que la pueden escuchar tres veces al día, se encierra la razón de la existencia de esta catedral, la segunda en recibir esa dignidad de las dos que tenemos en nuestra ciudad.

Poco importa que las pocas fuentes escritas que existen acerca del Apóstol Santiago descarten casi con toda seguridad que visitara tierras hispanas tras la muerte de su Maestro, pesa más la tradición que cuenta que en su predicación por tierras de Hispania llegó hasta Cesaraugusta. Cansado de sus viajes, dormía junto a sus discípulos junto a la muralla de la ciudad y la noche del 2 de enero del año 40, fecha que se da por cierta según los escritos de Sor María Jesús de Ágreda, fue despertado por un coro de voces angélicas y vio a María descender junto a una columna de jaspe. La propia María le encargó la construcción de una capilla en la que quedaría ubicada esa columna, que según esta religiosa, se dirigió al Apóstol diciéndole: “Quedará aquí esta columna y colocada mi propia imagen, que en este lugar donde edificaréis mi templo perseverará y durará con la santa fe hasta el fin del mundo”.

Hay edificios que fagocitan a la ciudad en la que se levantan, y en el caso de Zaragoza la Catedral del Pilar es un claro ejemplo. Poco importa que La Seo cobije capillas, retablos o una colección de tapices de un valor arquitectónico y artístico sin par; o que la Aljafería sea uno de los pocos ejemplos de arquitectura árabe en el norte peninsular. O que San Pablo y San Miguel acojan exquisitos retablos de madera policromada. Cuando se habla de Zaragoza la imagen que ilustra la ocasión es el Pilar y los visitantes, sobre todo los que disponen de poco tiempo para recorrer la ciudad, lo que no dejan de visitar es este templo.

 

 

Nave lateral con la Santa Capilla en primer plano. Adosadas a la primera columna, parte de las banderas de los países Iberoamericanos regaladas en 1908. En la siguiente aparece la placa que recuerda la concesión de honores de Capitán General a la Sagrada Imagen de la Virgen del Pilar el 8 de octubre de 1908. Al fondo, la capilla del Rosario.

Autor de la imagen, Eugène Villard, ca 1920, Archivo Mollat-Moya

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Pero el propio edificio recibe un lugar que a su vez lo absorbe y que hace que el resto quede en un segundo plano, o simplemente casi desaparezca. Ese lugar no es otro que la Santa Capilla, y dentro de ella el Camarín de la Virgen, donde se ubica la Columna y, sobre ella, la imagen gótica de María y el Niño.

Paradójicamente, el Pilar o Columna que es el centro, si no físico sí espiritual del templo, es un objeto completamente desconocido para todos, ya que está cubierto por dos protecciones, una de bronce que lo recubre y tapa por completo y otra de plata repujada, o más bien dos, una completa cuando no lleva manto y otra de media caña que solo viste la mitad de la primera cuando sí lo lleva. Tan solo una pequeña parte de la columna es visible en la parte trasera de la Santa Capilla, desgastada por miles de besos y roces.

Columna que, según la tradición, nunca se ha movido desde que la Virgen la dejó en ese lugar allá por el año 40. Pero debemos decir que esto no es así, ya que precisamente la construcción de la Santa Capilla que ahora la alberga, motivó que, para poder hacer los trabajos de cimentación y construcción a su vez de la cripta que está bajo ella, se tuviera que mover de su emplazamiento, y, protegida por una jaula de madera construida a tal efecto, se levantara en el aire mediante un sistema de poleas hasta que, una vez acabados dichos trabajos, pudiera volver a su lugar. Han pasado más de 250 años desde que la columna quedara al descubierto por última vez y, salvo un dibujo esquemático, no se conocen imágenes de la misma.

 

 

Trasaltar de la Santa Capilla, que representa la Asunción de la Virgen, obra de Carlos Salas, con el Humilladero a la izquierda donde se venera la Columna.

Autor de la imagen, J. Lévy et Cie, 1889, Archivo Mollat-Moya

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Pero la catedral es mucho más que ese imán que atrae las miradas de todos cuantos entran a visitarla. Junto al humilladero en el que se besa la única parte visible de la columna, que en la fotografía de J. Lévy et Cie aparece desprovisto de cualquier decoración, contrariamente a lo que sucede en la actualidad, quizá porque nuestros antepasados no necesitaban decoraciones ni rótulos que les explicasen lo que significaba ese lugar, se encuentra el relieve de la Asunción de la Virgen, también llamado medallón de la Assumpta, tallado en mármol por el escultor Carlos Salas. Si bien la Santa Capilla se finalizó en octubre de 1765, no fue hasta el 12 de enero de 1767 cuando se firmó ante notario la contrata para su realización, al precio final de 72.000 reales de vellón y no se colocó en su emplazamiento hasta 1768. Es una obra única del barroco español por su tamaño y calidad escultórica, que está dividido en dos partes. La superior nos muestra el momento en que María asciende a los cielos entre nubes y rodeada de ángeles, mientras que en la inferior vemos a los doce apóstoles en torno al sepulcro, con un juego de altorrelieves y esculturas de bulto redondo.

El diseño de la Santa Capilla correspondió al arquitecto Ventura Rodríguez, pero el impulsor de la construcción de la misma  fue el arzobispo Añoa y Busto, tanto espiritual como financieramente, ya que de sus arcas salió casi la mitad del importe total de su construcción. No pudo ver su obra finalizada, falleció en 1764, y en los muros del recinto aparece su nombre tanto en la placa sobre el humilladero como en otra que, a ras de suelo bajo el relieve de la Asunción y casi mimetizada con el mármol, informa al visitante que la vea y quiera leerla de que "Debajo de este sitio en el Panteón está el sepulcro con su epitafio en que yace el Ilustrísimo Señor don Francisco Añoa Busto, Arzobispo de Zaragoza, insigne bienhechor de esta Santa Capilla de Nuestra Señora del Pilar. Murió el XXVI de Febrero del año MDCCLXIV. Rueguen a Dios por él. 1776". Sus restos reposan en la cripta bajo la Capilla, en un sepulcro que hace las veces de altar y su escudo decora la parte superior de la entrada a la Sacristía de la Virgen.
 

 

Retablo del altar Mayor, obra de Damián Forment.

Autor de la imagen, J. Lévy et Cie, 1889, Archivo Mollat-Moya

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El relieve de la Asunción seguramente sería más apreciado, y también más visible, si el proyecto original de reordenación de espacios del mencionado Ventura Rodríguez se hubiera llevado a cabo. Este consistía en desmontar el retablo de Damián Forment, colocarlo en el testero del coreto y construir un  grandioso baldaquino de planta semioval que, situado en el tramo intermedio, uniría el presbiterio de la nave con la parte trasera de la Santa Capilla, de modo que el relieve se vería como retablo. Esta idea no se realizó finalmente por su elevado coste, y en ese testero hoy se encuentra un gran relieve cuadrangular con el anagrama inmaculista de la Virgen María, bajo la pintura de Francisco de Goya de la “Adoración del nombre de Dios”.

Este retablo del altar mayor que Ventura Rodríguez quería desplazar es uno de los dos elementos supervivientes del anterior templo mudéjar, junto con el coro mayor. Está realizado en alabastro de Escatrón, y también dedicado a la Asunción de la Virgen. En su cuerpo principal aparecen así mismo las escenas de la Presentación de Jesús en el templo y la Natividad de la Virgen. Recordando la vieja rivalidad de los dos Cabildos catedralicios, cuando el 1 de mayo de 1509 se contrató el pie del retablo, el maestro Forment ofrece al del Pilar “hacer en la dicha obra las imágenes, maçonería, puertas y pilares tan bueno y mejor que el del Asseu”. La fuerte inversión que supuso la realización de este retablo no solo implicó al Cabildo del Pilar sino que contó con las aportaciones del rey Fernando II el Católico y de su segunda esposa Germana de Foix. Damián Forment nos dejó su retrato y el de su esposa en sendos medallones en el sotabanco, aunque son difíciles de ver ya que los tapa el altar mayor.

Detrás de la cruz que remata el retablo, aparece el fresco de Francisco Bayeu “Regina Angelorum”, y bajo ella dos angelotes sujetan el símbolo del Cabildo del Pilar, que es, lógicamente, una columna.

La fotografía de J. Lévy et Cie que nos lo muestra está tomada desde la puerta del Coro Mayor, y en la que aparecen las verjas que delimitaban la Vía Sacra. También la mesa de altar, bajo la cual se encuentra el sepulcro del Obispo San Braulio, patrón de la Universidad de Zaragoza, y cuya festividad se celebra el 26 de marzo, fecha en la que se quitan los manteles que lo cubren y se ilumina para poder contemplarlo. Un discreto tablón blanco con escasa decoración nos oculta la mesa de piedra.
 

Mesa del altar mayor con los relicarios e imágenes de plata que se exponían en las grandes ceremonias.

Autor de la imagen, Juan Mora Insa, ca 1920, Archivo Mollat-Moya

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Como contraste con esa discreta decoración de la mesa de altar, la fotografía de Mora Insa nos muestra ese mismo lugar con el frontal constituido por una placa de plata repujada de rica decoración centrada en la venida de la Virgen, fechada en 1751 cuyos autores son Domingo y Antonio Estrada, padre e hijo, respectivamente, la que hoy se puede admirar. Tras la mesa de altar, otro de plata con bustos e imágenes del mismo material, presididas en el centro por la imagen que procesiona en el día del Pilar.

A la derecha se sitúa el busto relicario de San Braulio, del siglo XV y reformado en el siglo XVIII y a su lado otro busto de plata, este de Santiago Apóstol, realizado por Claudio Genequi en 1620, con un exquisito trabajo de plata sobredorada en el que las veintiséis conchas que adornan su capa son de oro. Las imágenes de San José con el Niño, San Joaquín con la Virgen niña, Santa Ana con la Virgen y el Niño y otro busto relicario a la izquierda completan el despliegue de imágenes que adornaban el altar mayor en las grandes ocasiones, todos ellos sobre peanas de plata con el emblema de los dos Cabildos unidos, un cordero y una columna. 


Para terminar este pequeño recorrido por la catedral, la fotografía de J. Lévy et Cie nos muestra la perspectiva que un visitante tenía en 1889 al echar la vista atrás antes de salir por la puerta alta de la plaza, con las capillas laterales del Coro Mayor y una de las puertas por la que se accedía al mismo, antes de su traslado hasta el último tramo de la nave central en los años 30 del pasado siglo. Al fondo la capilla de San Juan Bautista, donde hoy se encuentra la imagen del Santo Cristo, al que tantas personas entran a rezarle antes incluso de pasar a ver a la Virgen.

 

 

Nave lateral, con el coro mayor y al fondo la capilla de San Juan Bautista.

Autor de la imagen, J. Lévy et Cie, 1889, Archivo Mollat-Moya 

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