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LA GÉNESIS DEL RINCÓN DE GOYA EN IMÁGENES (1924-1928)

MARIANO JESÚS MINGO NAVAL / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Francisco de Goya y Lucientes falleció en la madrugada del 16 de abril de 1828 en Burdeos (Francia), su refugio durante los casi cuatro años finales de su vida. Contaba con ochenta y dos años de edad.

Al día siguiente, sus restos eran depositados junto con los de su gran amigo y consuegro Martín Miguel de Goicoechea, extinto en 1825, en un mausoleo del cementerio de La Chartreuse sufragado por la familia Muguiro de Iribarren.

Demos ahora un salto temporal y hablemos de un rincón zaragozano que cuenta con más de noventa años de existencia, una rica y desdichada historia y que además nos servirá como telón de fondo a imágenes siempre fascinantes.

Corre el 18 de noviembre de 1925. Los prebostes de la ciudad no quieren que esta vez les “pille el toro” conmemorativo y deciden crear con la debida antelación temporal una “Junta organizadora del Centenario de Goya en Zaragoza”, del centenario de su muerte, claro, al modo de las que patrocinaron sus antecesores con motivo del Primer Centenario de los Sitios y los 800 años de la reconquista de la ciudad a los almorávides por parte de Alfonso I de Aragón.
 

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Como es habitual en este tipo de casos todo el mundo quiere salir en la foto. La Junta local (y recalco lo de local porque se constituyó otra de carácter nacional o “de honor” presidida por S.M. el Rey don Alfonso XIII), encabezada por el rector de la Universidad de Zaragoza, Ricardo Royo Villanova, contó con la presencia de una nutrida representación del mundo de la política, la intelectualidad, la industria, el comercio y las artes locales, del poder laico y del religioso, del civil y del militar del momento. 

Les unía el objetivo común de ensalzar la figura del genial pintor de Fuendetodos en la triste efeméride y asociarla para siempre a Zaragoza y a Aragón, o al menos a la idea más conservadora y localista de estos últimos, mediante la celebración en diversas localidades de la región, en Madrid y en Barcelona, de iniciativas, actos, estudios y conferencias, entre los que no podían faltar los raciales espectáculos de danzas regionales y las corridas goyescas.

Y es aquí donde, por fin, comienza la historia del monumento que hoy nos ocupa.

Bueno, en realidad parte de 1924, cuando el pintor y diseñador de jardines Javier de Winthuysen, sugirió en una conferencia impartida en el Centro Mercantil de Zaragoza la creación de un jardín con un monumento dedicado a Goya, que se debería ubicar en un extremo del parque que se estaba construyendo a los pies del Cabezo de Buenavista (futuro de Miguel Primo de Rivera), en una depresión natural en forma de anfiteatro, arbolada y cercana al río Huerva.

Como en Zaragoza no había estatua alguna del pintor, la Junta hizo suya la idea y en 1926 encargó un proyecto singular que fuera un referente en el recuerdo del homenajeado a Fernando García Mercadal, un joven arquitecto aragonés becado y formado en Italia y la Europa central, el de mayor proyección en el momento.

El aún no treintañero comisionado andaba por aquel entonces imbuido en intentar difundir en España los fundamentos del muy novedoso “arte racional”, el cual defendía un tipo de arquitectura basada en líneas simples y volúmenes geométricos sencillos, muy poco dado a la ornamentación y, por ello, bastante alejado de las formas más clásicas y conservadoras, tan “á la mode” a las orillas del Ebro.

García Mercadal, que se “olía la tostada” de que su proyecto podría ser tachado de radical por los popes de la arquitectura zaragozana de la época, pidió libertad creativa absoluta. Y allí donde la Junta esperaba ver erigir el tradicional monumento conmemorativo con un grupo de figuras alegóricas que rodearían una estatua de Goya subida sobre un pedestal, se encontró con la sorpresa de que el comisionado entregaba en noviembre de 1926 al Ayuntamiento un proyecto que contemplaba la construcción de una moderna y sencilla edificación de estilo racionalista (una de las primeras, si no la primera, en España) concebida como “Casa de Cultura” e integrada armoniosamente en un conjunto de diversos elementos naturales y paisajísticos, tales como un estanque, jardines, pérgolas y otros términos ornamentales de formas cuadrangulares.
 

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Formaban el edificio tres cuerpos principales de formas geométricas puras y diversas alturas y colores. El central, el más alto, con más de diez metros de alzado, actuaba como sala de recepción de los visitantes y espacio de distribución; a su derecha, y bajo una puerta sobre la que figuraba la inscripción “FUENDETODOS 1746” otro más bajo y alargado rematado en ábside haría las veces de biblioteca en tanto que a la izquierda, un nuevo bloque menos desarrollado en su longitud, alargado en pérgola y antecedido por el rótulo “BURDEOS, 1828” estaría destinado a la exposición de obras del artista homenajeado y a ocasional sala de exposiciones.

Delante de ellos, una pérgola adintelada de inspiración mediterránea unificaba la arquitectura con el jardín circundante, mientras que en la fachada trasera dominaban los ventanales, que proporcionaban luz natural al conjunto.
 

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Adicionalmente, y gracias a las gestiones del vicepresidente y el secretario de la Junta del Centenario, don Manuel Jiménez Catalán y don Emilio Ostalé Tudela en 1926, el ayuntamiento de Burdeos, presidido en aquel momento por Monsieur Adrien Marquet, tuvo el gesto de donar al de Zaragoza para la efeméride el cenotafio del enterramiento de Goya y Goicoechea en el camposanto de La Chartreuse («el monumento más sencillo y sentimental que pueda erigirse a la memoria de aquel gran aragonés» en palabras contemporáneas), elemento que se incorporó sin demora al proyecto. 

Conviene saber que por aquellas fechas los restos mortales del fuendetodino ya no reposaban en suelo galo sino en la madrileña ermita de San Antonio de la Florida tras haber encontrado descanso desde 1908 y hasta 1919 en el Panteón de Ilustres de la Sacramental de San Isidro, donde acompañó a los del poeta y dramaturgo Leandro Fernández de Moratín, a los del también poeta y político Juan Meléndez Valdés y a los del polifacético diplomático y parlamentario Juan Donoso Cortés.
 

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El “Rincón de Goya” fue construido durante buena parte de 1927 y los primeros meses de 1928 y se inauguró el día 16 de abril de este último año como acto central de una semana dedicada al pintor con presencia de las fuerzas vivas, la Comisión del Centenario, el autor y lo más granado de la sociedad zaragozana del momento. 

Se hizo notar, empero, la ausencia de don Javier de Winthuysen, promotor de la idea. Nadie lo invitó y nadie se acordó de él. Su iniciativa no obtuvo ni siquiera el premio del agradecimiento que bien mercería.

Ajenos los sí presentes a estas “minucias” formales, todo parecía ser felicidad y parabienes y, en los brindis, se aseguraba que aquella muestra material de amor incondicional del pueblo aragonés a su insigne paisano iba a perdurar incólume “per saecula saeculorum”.

Nada más lejos de la realidad. Tan pronto como el último invitado abandonó el recinto comenzaron los problemas, algunos previsibles, otros no tanto. Pero eso será objeto de otro artículo.

Os lo prometo.

 


 


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