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LA NUEVA CALLE DE SAN VICENTE DE PAÚL Y SU NÚMERO 7 

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ALFONSO MARTÍNEZ ABAD /Anteayer Fotográfico Zaragozano

Quién mejor que un arquitecto para fotografiar el “hecho arquitectónico” que transforma y crea espacios bellos, útiles y firmes. Quién mejor que su hermano José para plasmar, en acetato, la austera monumentalidad del edificio diseñado por Regino Borobio erigido en el número 7 de San Vicente de Paúl esquina con Santo Dominguito de Val. Un proyecto en el que había retomado el historicismo sin renunciar a los tintes racionalistas de los que, tanto él como su hermano, eran referentes en toda España.

    La todavía conocida hoy como “Casa de López-Ramo” (su promotor), se construyó en la parcela originada por la expropiación y posterior derribo de modestas casas de las calles de Santo Dominguito de Val y del Cíngulo, así como del antiguo, y decadente en extremo, palacio de Sora. Si una característica básica tuvo su construcción, esta fue el escrupuloso cumplimiento de las ordenanzas de 1937, incorporadas posteriormente al Plan de Reforma Interior de la ciudad.  

    De esta manera, Borobio presentó un edificio dispuesto en planta baja, y cuatro más alzadas; un sótano, al que denomina en el propio proyecto como “refugio” (se aprecian las connotaciones propias de su gestación en plena guerra civil); y un ático convenientemente retranqueado. Los dos cuerpos de que consta se unen en el chaflán característico de la calle, elevándose éste a modo de torreón. Las fachadas, de ladrillo, se apoyan en planta baja sobre zócalo de piedra y revoco (o al menos así lo hacía originalmente, hasta que los diversos acondicionamientos de sus locales lo permitieron). Es a partir de la primera planta, cuando se disponen regularmente los vanos de las habitaciones, que evidencia la parte racionalista de su arquitectura. Los miradores que vuelan un metro, limitan lateralmente las fachadas. Finalmente, en la planta cuarta,  se abren vanos en arcos de medio punto de los que parten unos cavetos con los que se resuelve un falso-alero que protege la fachada. Una pequeña “frivolidad” con la que, al parecer, el arquitecto quiso romper en su justa medida la sobriedad que caracteriza al conjunto.

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Corre el año 1944. Cinco han transcurrido ya desde la finalización del edificio. Los mismos que de la total apertura y prolongación de la calle de la Yedra, iniciada casi cuarenta años antes con Ricardo Magdalena al frente de la arquitectura municipal. La moderna vía urbana había mudado ya su castiza denominación por la de San Vicente de Paúl, atendiendo a la petición de un grupo de vecinos e inquilinos de la calle que así quisieron reconocer la tarea desarrollada en las proximidades por las Hijas de la Caridad. 

    Aquella mañana el tiempo invitaba al paseo sosegado. Las gentes parecen abandonar sus hogares o lugares de ocupación, como se ve en la imagen. Solo hay hombres, quizá las mujeres se encuentren enfrascadas en sus tareas domésticas. Las sombras tienen cierta verticalidad y los paseantes “van a cuerpo”, como se decía entonces al vestir chaqueta por toda ropa de abrigo. Podíamos pensar que el momento discurre en un día de primavera o de principios del otoño. Para lo que nos interesa da igual. Un primer vistazo a la calle nos avisa de que nos encontramos en una vía pública sin consolidar. Las amplias aceras parecen convenientemente encintadas, incluso en algún tramo embaldosadas, equipadas al tresbolillo con sus farolas de vidrio templado modelo “Gran Vía” y fuste “Montecarlo-corto” de Averly. Al contrario ocurre en la calzada, que se observa sin pavimentar. Sin colocar siquiera los adoquines de basalto que el continuo paso de los vehículos dejaba tan lustrosos. Quizá sea ese el motivo del poco, si no nulo, tráfico que se adivina. Facilitando, finalmente, el que los peatones deambulen impunemente por el centro de la calzada. ¡Quién diría que fue el acceso del tráfico al interior del casco histórico uno de los motivos que incentivaron la finalización de la calle!

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Todavía son más los solares vacíos a lo largo de la calle que los construidos. Así se constata observando la parcela del primer plano donde, apenas dos años después, se erigiría el fabuloso y neomudéjar número 5 (Casa de Roche y Naval). El solar muestra lo que parecen ser restos del muro que constituiría la crujía interior de la casa derribada. Estos restos, sobrevivientes de las obras de ensanche y alineación de la calle de la Yedra, parecen haberse aprovechado para el cierre del solar, ayudado por unas pocas hileras de adobas.  Contemplándolos, y trasladándolo a toda la altura que tuvieran, resulta fácil hacerse una idea del aspecto que mostrarían las calles donde la ejecución de los proyectos de alineación “cortaban” literalmente sus edificios.

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Dejándonos llevar por la perspectiva reconocemos, pasado el número 9 duplicado, la embocadura de la calle de San Jorge. Y tras la misma el lugar vacío en el que, poco tiempo después, los Hermanos Maristas construirían su colegio, ahora sede de algunos servicios del Gobierno de Aragón. La casa del fondo, a la que corresponde el número 19, muestra altiva su fachada a la calle de San Lorenzo.

    San Vicente de Paúl resulta ser una de esas vías por las que Zaragoza buscaba, en el anhelo de sus orígenes romanos, el camino recto hacia el Ebro. La vuelta a la cuadrícula fundacional a partir del Cardo y el Decumano, borrada a través de los siglos desde la época musulmana y convertida en un auténtico laberinto de calles estrechas, oscuras y húmedas, de anchuras cambiantes y trazas quebradas. Esta ansiada racionalización por corregir el trazado sinuoso con la desaparición implícita de las añosas y apiñadas casas fue lo que impulsó, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, la apuesta por un nuevo concepto de ciudad que sentó las bases del planeamiento posterior. Yarza Miñana, en su plano geométrico de 1861, plasmó todas estas inquietudes en lo que fácilmente se podría denominar “el primer plan general de ordenación urbana” de la ciudad. Con esta referencia y tomando como modelo los aires “higienizantes” y aburguesados de las más célebres ciudades europeas, se proyectarían y ejecutarían numerosísimos ensanches y alineaciones que darían un cambio radical al aspecto urbano.  


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En unos años la apertura de Alfonso I constituyó un gran éxito para la nueva imagen burguesa y comercial que buscaban las élites. El resto de actuaciones tardarían bastantes años en llegar, como es el caso de la prolongación de esta calle de la Yedra. Otras lo harían de forma más precipitada y torticera (calle de D. Jaime I). Alguna, como sucedió con la controvertida y recurrente prolongación del Paseo de la Independencia hasta la Plaza del Pilar, no se ejecutaría nunca, aunque hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX el proyecto se mantendría vivo en los salones consistoriales.

    La apertura de la calle de la Yedra supuso la disgregación de los pequeños barrios, que atravesó inmisericorde. El del Boterón es claro ejemplo. También la desaparición de emblemáticos edificios de carácter histórico y cultural, tal fueron los casos de la Aduana Vieja (o Casa de los Diputados), abandonada y degradada muchos años antes; de la Plaza del Reino (desaparecida bajo la nueva vía); de la Casa de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, también Museo de Artes; de varios palacios renacentistas y barrocos; del Colegio de la Enseñanza… Por muy poco se libró de la temida excavadora el ala oriental del Palacio de los Marqueses de Lazán, o Casa de Palafox, la fachada pobre que todavía se mantiene desafiante en su traza a la linealidad impuesta.

    La calle de la Yedra, antiquísimo callizo de San Jorge, era, a partir del Coso, lugar de acceso a la Judería. Calle estrecha y breve, con sus 3 a 5 metros de anchura en sus escasos 80 metros de longitud. Quien por ella se adentrara se encontraba de golpe con una no menos estrecha Santo Dominguito de Val (antigua calleja del Limón) tropezándose de frente con el palacio de Sora, o de Salabert, o Casa del Marqués de Torrecilla, que de todas estas formas podía ser denominado. El palacio, de estilo barroco, aparte de una hornacina con el infantico mártir que intitulaba la calle, dispuso de una magnífica portada barroca donde cariátides, estípites, angelotes y otros ornamentos se reunían en una preciosa labor escultórica. Fijándonos en la fotografía, podríamos ubicarla perfectamente unos metros detrás de los caballeros que pasean ociosos por el medio de la calzada. No hubo indulto para el palacio, quizá el tiempo en que se usó como almacén y los últimos años de total abandono fortalecieron la excusa para su derribo, si es que alguna vez ha habido necesidad de excusar estos extremos. La fortuna, o quizá algo tuvo que ver el arquitecto Borobio, quiso que se trasladase su portada para enmarcar el ingreso al convento de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, en lo que se denominó la “Tienda Económica”. Gracias a ello podemos seguir disfrutando de la misma paladeando un café en una popular terraza de la plaza de San Juan de los Panetes.

    La aplicación de las nuevas ordenanzas en la zona forzó el derribo de centenares de casas insalubres, tinglados y chamizos de nulo valor arquitectónico, construidas con adobe y materiales de poca calidad. Simultáneamente promovió, como es el caso del número 7, la construcción de edificios más bellos y monumentales, en la línea del estilo historicista aragonés, el neomudéjar, garantizando el debido cupo de ostentación a sus nuevos propietarios o inquilinos. Los antiguos moradores, gentes humildes y de pocos recursos, se irían alejando de la moderna vía por sus bocacalles, como ocurre siempre. Pese al flamante aspecto que iba adquiriendo, la moderna calle de San Vicente de Paúl no sería zona comercial fina, pues para eso ya estaban Alfonso I e Independencia. Como mucho se establecerían tiendas de alimentación, almacenes y talleres en los locales bajos de sus edificios. En los pisos, junto a sus inquilinos de clase media-alta, se abrirían gestorías, corredurías de seguros, médicos y gentes diversas de las llamadas profesiones liberales.

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Pasados ya más de ochenta años de su total apertura es difícil imaginar aquel damero de calles que, con sus nombres vulgares (de la Sartén, de la Yedra, de los Graneros, de la Leña…), se agolpaban en tan reducido espacio. Antiguos planos y viejas fotografías se empeñan en mostrarnos cómo era. El enorme esfuerzo que supuso, durante casi cuarenta años, abrir y prolongar un callejón como el de la Yedra, queda lejos de ser justamente valorado. Sería bueno considerar evitable el tremendo volumen de tráfico que actualmente soporta la calle, adueñándose de la misma, y urgir su recuperación para el ciudadano. Podría así disfrutarse  de una zona y unos edificios que simbolizan el empeño de los zaragozanos por modernizar su ciudad, que las prisas y el ruido de los vehículos parecen haber condenado a la indiferencia.

 

 


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