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VISITA DE S.M. DON ALFONSO XIII A ZARAGOZA, DURANTE LOS DÍAS 16 AL 19 DE OCTUBRE DE 1903

MARÍA PILAR GONZALO VIDAO / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Fotografía inédita del Archivo Fotográfico de María Pilar Bernad Arilla.
El gentío se agolpa ante la llegada inminente del monarca a la plaza de la Constitución, actual plaza de España. Al fondo, los toldos del Café Suizo junto a la Diputación Provincial de Zaragoza. 
Los jóvenes se encaraman sobre los urinarios británicos y el tercer arco efímero donado por la Real Maestranza de Caballería.
 

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El viernes 16 de octubre de 1903, Alfonso XIII se presentaba en Zaragoza coincidiendo su presencia en la capital con la celebración de las Fiestas del Pilar. Apenas un mes y medio antes estaba de visita en Jaca, concretamente el jueves 3 de septiembre. 

Alfonso XIII acudió a Zaragoza vestido con el uniforme de gala de capitán general. Portaba además el toisón de oro, el collar, cruz y banda de Carlos III, las placas de las cuatro órdenes militares y la de la Maestranza de San Jorge.

La cita en la ciudad del Ebro duraría apenas tres días, pero dejaría honda huella tanto en los zaragozanos de la época como en el jovencísimo monarca, cuya mayoría de edad había sido adelantada para que pudiera reinar antes de lo que era costumbre. Contaba con 17 años. Era un rey adolescente, sin experiencia ni conciencia de lo que suponía gobernar en un país como este tan afecto a pronunciamientos, derrocamientos y salidas a la francesa e italiana, como ya habían experimentado algunos de sus antecesores. Sin embargo, ahí estaba, recién bajado del tren, montado en un caballo alazán de nombre "Alí" que llevaba a trote corto, el mismo que había montado en Madrid el día de su coronación; rodeado de estudiantes que lo envolvían y aclamaban, tal y como lo contaba “La Correspondencia de España”.

En la estación de Campo Sepulcro entró en agujas a las cuatro en punto. Una batería de Artillería situada en terrenos próximos al apeadero hizo los honores de ordenanza. Dentro de la estación había una compañía de Infantería con bandera y música. En el andén le esperaban las autoridades y los Sres. Moret y Castellano.

Desde el sitio en que se detuvo el coche en que iba el rey hasta la puerta de salida formáronse en dos filas, encabezado por el alcalde Don Amado Laguna y las Corporaciones oficiales. También estaba la Real Maestranza.

Detrás de estas filas y llenando por completo el andén se hallaban todos los elementos monárquicos y numeroso público, pues por disposición del alcalde se dejó el paso franco.

El señor Laguna inició su discurso de bienvenida: «Señor: en nombre de las autoridades, Corporaciones oficiales del pueblo dé Zaragoza y de los distintos organismos que constituyen nuestra vida social, doy á S. M. la bienvenida al recinto de esta ciudad, muy noble, muy leal y muy heroica. Y ahora que tenemos al Rey entre nosotros, callo como alcalde y dejo á Zaragoza misma que sea ella la que dé á V. M. la bienvenida.» El Rey sonriente, con el ros en la mano, dio un potente ¡Viva la siempre heroica ciudad de Zaragoza! Este viva de S. M. entusiasmó a los allí presentes y contestaron con un unánime ¡Viva el Rey!

Recibió el calor de los zaragozanos agolpados para verlo y tocarlo, creyendo que era un ser real y no solo “Real”, por lo que el republicanismo de la Unión se conjuraba desde el periódico “El progreso” para hacerle una recepción inspirada en la corrección más exquisita, arengando a sus acólitos: “Que no haya como seguramente no habrá, por causa de ningún republicano, ni un codazo, ni un pisotón, ni siquiera una voz fuera del diapasón normal”. Como así fue.

El día 16 de octubre calentaba el sol de veras y los ánimos en la ciudad andaban también encendidos, bien por la novedad de que el ya monarca regresara tras quince años de ausencia, bien por los sucesos acaecidos en el norte, donde el laicismo daba muestras de querer arrebatar a los reyes la potestad de defender al cristianismo.

Las señoras sacaban sus pañuelos blancos desde los balcones, agitándolos en un movimiento acelerado cuando la faena apenas acababa de comenzar y el entusiasmo se desbordaba mientras la comitiva regia iniciaba el camino. Rompían marcha dos guardias civiles de Caballería, siguiendo luego la Guardia Municipal montada y los batidores de la Escolta Real.
 

Tercer arco efímero donado por la Real Maestranza de Caballería para recibir al joven rey. Dos leones a cada lado simulaban la realeza y en las albanegas se situó un relieve destacado en tono oscuro que representaba el águila bicéfala imperial con sus alas explayadas y unos faroles como iluminación.
Al fondo, a la izquierda de la imagen, el Gran Hotel de Europa. En un balcón contiguo podemos leer “casa de viajeros de Felipe Escribano”. Tras el arco, el paseo de la Independencia.

Archivo María Pilar Bernad Arilla

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El regente a pequeña distancia y detrás sus ayudantes, el coronel San Cristóbal y Ripollés y el Ministro de la Guerra. El capitán general, Sr. March, y la escolta de Estado Mayor cerraban el grupo.
El pueblo caminaba extendido a lo largo del trayecto por la calle de María Agustín, vitoreando continuamente al joven Monarca, éste, sonriendo, saludaba afablemente, contestando a las muestras de afecto que recibía.

Al pasar el rey frente al edificio que ocupa la Facultad de Medicina recibió enorme ovación. Allí un numeroso grupo compuesto en su mayoría de estudiantes rodeó el caballo en el que iba S. M.

Después, pasó por la Puerta de Santa Engracia, desde donde se divisaba la ciudad entera, y llegó hasta el artístico arco que en su honor había levantado el ejército.

Al llegar a él soltaron desde los ventanales de los hoteles del señor Castellano y la duquesa de Villahermosa infinidad de palomas que produjeron admirable efecto.

La muchedumbre oprimíase entre los soldados ansiosa de ver al rey, costando gran trabajo el contenerla para que no rompiese las filas.

Durante el trayecto, el joven monarca fijó su mirada en cuanto a su paso encontró, recreándose en los arcos que el Ayuntamiento y la Real Maestranza habían levantado en su honor.

El soberano acudió a misa en la catedral del Pilar asistida por el arzobispo Soldevila —malogrado en años posteriores y turbulentos, como príncipe de la iglesia, en 1923—,  siendo invitado del prelado en las estancias del Palacio Arzobispal.

Descendió primero de su caballo entrando por la puerta baja del tempo, bajo palio, sostenido por los seis prebendados más antiguos, dirigiéndose al altar mayor, donde estaba colocado el trono, dando guardia a éste dos soldados de la Escolta Real.

Sentado el Rey en él se cantó un solemne Te Deum, administrando luego el arzobispo la bendición.

A pesar de la aglomeración de gente dentro de la iglesia, el orden fue perfecto.

Terminado el oficio, el monarca llegó hasta el camarín de la Virgen del Pilar para adorarla, entregando antes su espada al maestro de ceremonias, pues la adoración a la Virgen no puede hacerse con armas, y ya acabada la función religiosa, el Rey se dirigió al Palacio arzobispal y allí, en el patio, los estudiantes, lo aclamaron en cuanto llegó.

Don Alfonso subió a las habitaciones que estaban adornadas con verdadera suntuosidad. Desde el principio de la escalera cubrían las paredes y muros riquísimos tapices pertenecientes a la catedral, y cuyas estancias también estaban vestidas con todo lujo.

Tan pronto el Rey penetró en el interior se dio comienzo a la recepción de autoridades. Los estudiantes también tomaron parte en la ceremonia, desfilando cinco individuos de cada facultad. A la terminación del acto, el rey se asomó a uno de los balcones posteriores del Palacio para ver desfilar las tropas, que lo hicieron por la ribera del Ebro. Tanto la recepción como el desfile resultaron dos actos brillantísimos. 

La nota discordante la protagonizaba el alumbrado que decoraba la ciudad, y es que gran parte de las iluminaciones que había preparadas no pudieron encenderse a causa de una avería ocurrida en la fábrica de electricidad Peral. 

88 arcos voltaicos y 26 más en distintas calles y plazas fueron preparadas para lucir en todo su esplendor. Valgan como ejemplo, los cuatro arcos voltaicos entre las calles de Espartero y la Magdalena que sirvieron de iluminación en esos días festivos del Pilar haciendo las delicias de los viandantes.

La iluminación en la “Electra Peral”, Diputación Provincial y calle de Alfonso I; el balcón central del Casino; iluminación en el Centro Mercantil, Agrícola e Industrial; la fachada de la Casa del Canal y oficinas de Obras públicas; el despacho de S. M. en su residencia; el arco levantado por el Ayuntamiento; se sumaron algunos establecimientos públicos como las joyerías Aladrén y Mainar, además de la casa Orús y la sede del periódico "El Independiente".

Por otra parte, la muchedumbre que se encontraba en el lugar era tan inmensa que el orfeón no pudo cantar como se tenía pensado el coro de Gigantes y Cabezudos, por impedírselo la aglomeración y el vocerío de la gente.
 

Fotografía de Domingo Torres, mozo de Magallón elegido en 1903 como el hombre más gordo de España. A sus 24 años medía metro noventa y pesaba 235 kilos. Era herrero de profesión. Comía el equivalente a seis personas y bebía cinco litros de vino al día.

Colección particular

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Sábado, 17 de octubre de 1903

La visita al Mercado, a la Granja Modelo y a la Fábrica del Sr. Laguna
De buena mañana se agolpaba el gentío para ver de cerca al joven rey que visitaba la ciudad y que de manera recíproca, el monarca quería conocer a sus gentes y sus calles, y tal fue así que los jardines de la plaza del Pilar y de La Seo quedaron completamente destrozados dada la avalancha de personas que allí se congregaron.

Accedió a la calle Alfonso I y Torre Nueva hasta el Mercado Nuevo que estaba recién inaugurado, y aún perduraban nostalgias y llantos por la pérdida de tan querida torre que recordada queda tristemente con una calle. Las vendedoras arrojaron flores a los pies del monarca y palomas con cintas con los colores nacionales, también le dedicaron chicoleos que el monarca agradeció con naturalidad al encontrarse rodeado de estudiantes y pueblo llano. Otra nota más interesante todavía fue la que dio una verdulera, por nombre Jorja, quien se adelantó al rey, vestida de baturra en traje de fiesta, leyéndole unos versos alusivos a la situación del mercado y a los deseos de las vendedoras.

Pasó la comitiva por la calle Manifestación, plaza del Justicia, calle del Temple, plaza de San Felipe, calles de la Montera, Alfonso I, Coso y Puerta del Sol; fue verdaderamente una marcha triunfal cual emperador romano, anunciando su llegada.

Hubo recepción en la Lonja, primero para los cargos y autoridades y después una popular para el gentío. Se presentaron bellas jóvenes que leyeron poesías y hasta un joven de Magallón que pesaba más de 200 kilos con tan solo 24 años, acudió a la cita provocando la admiración del rey.

Tras la comida, Alfonso XIII hacía acto de presencia en la Granja Agrícola a las seis de la tarde, quedando muy satisfecho y realizando elogios de ser un establecimiento verdaderamente modelo.
Acompañaron a S. M., explicándole el funcionamiento de máquinas y aparatos, los ingenieros señores Gayan, Padilla y Otero. En el Laboratorio pudo ver algunos cultivos de filoxera. Después estuvo en el gabinete fotográfico, subiendo a la terraza del edificio para contemplar el pintoresco paisaje de la espléndida vega, que desde ahí se domina.

En el departamento especial de Agricultura y en el campo de experimentación vio funcionar varias máquinas, entre ellas una sembradora Smith y el arado vernet, y otra máquina para la selección de la remolacha. Más tarde visitaría los departamentos destinados a ganadería. El industrial D. Simón Cortés le regaló un modelo en miniatura del arado inventado por él, que lleva el nombre de arado Simón.

Alfonso XIII visitó además la Fábrica de instrumentos de precisión, propiedad del alcalde, Sr. Laguna. El propietario regaló a S.M. un teodolito admirablemente trabajado, y los obreros un precioso taquímetro.

El rey estuvo con el Ministro de la Guerra, las autoridades y las personas de la comitiva en el concurso de ganados, cerca de donde estuvo el penal de San José. Lo recibieron los concejales zaragozanos, individuos del Jurado del concurso y los profesores de la Escuela de Veterinaria, donde pudo examinar algunos notables ejemplares de ganado caballar, mular, lanar y vacuno. El secretario del Jurado y profesor de la Escuela da Veterinaria, Sr. Galán, dio a D. Alfonso amplias explicaciones, contestando a sus preguntas.

Llamaron la atención de S. M. los caballos presentados por el Sr. Lapetra, de Canfranc, y mulas del Sr. Portolés.

En las inmediaciones del mercado se encontraba un enorme gentío que vitoreó al rey con repetidas manifestaciones.

Banquete en el Ayuntamiento. 
Se celebraba en la Lonja el banquete organizado por el Ayuntamiento en honor del Ministro de la Guerra y de las autoridades al que asistirían 120 personas, entre ellas el Gobernador Civil y el Alcalde; Presidente de la Diputación, señor Nadal; Capitán General, Sr. March; General De Pedro y otros generales y jefes; el Rector de la Universidad, Sr. Ripollés, el General Cerero, los Sres. Castellanos y Moret, y otras personalidades distinguidas.

Al terminar la comida, el alcalde, Sr. Laguna, leyó un expresivo telegrama que había recibido de S.M. la Reina madre.
 

Tercer arco patrocinado por la Real Maestranza de Caballería  diseñado por el ingeniero Manuel Isasi-Isasmendi y Aróstegui.
De estilo gótico marcado y de tendencia moderna acentuada en su crestería, remataba su belleza con una luz que envolvía la pieza semicircular simulando una letra omega con dos molduras diferenciadas, la primera con motivos vegetales y la segunda presentando la inscripción: “La Real Maestranza de Zaragoza al Rey Alfonso XIII”. 
En la fotografía aparece la corona real que luciría con las bombillas de colores cedidas por la empresa Electra Peral en honor al monarca.

Archivo María Pilar Bernad Arilla

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Por la noche, la función de gala celebrada en el teatro Principal presentaba un golpe de vista deslumbrador. En los palcos se encontraban innumerables señoras y señoritas de las familias más distinguidas de la capital, luciendo elegantísimas toilettes y adornándose con valiosas Joyas.

Por todas partes aparecieron uniformes militares, de maestrantes, grandes de España, etc., formando un conjunto magnifico.

En el teatro no cabía una persona más. 

La orquesta recibió al Monarca con la Marcha Real y el público en pie. Los caballeros vitoreaban sin cesar, y las señoras agitaban los pañuelos y batían palmas.

La representación de la hermosa comedia de Tamayo Lo positivo, fue acertada. 

Al abandonar el teatro, se repitió la manifestación con mayor entusiasmo. Gran parte del público salió acompañando al rey hasta su carruaje.

Por la noche hubo fuegos artificiales y saludo del soberano desde el balcón del Palacio Arzobispal donde pernoctó. Alabanzas y vítores, orfeón y rondalla, también gigantes y cabezudos.

Dos jotas le rindieron tributo, la primera:

“No me esperes, rabalera/ 
que esta noche no hay festejo/ 
porque vino don Alfonso/ 
y es antes que tú “pa velo”. 

La otra decía así: 

“Desde el balcón se pué ver/ 
la estancia y el arrabal/ 
y el viejo puente de Piedra/ 
que el rey mandará ensanchar”.
 

Misa de campaña ante el pedestal del Monumento de los Mártires de la Religión y la Patria engalanado para la ocasión junto al arco de la Real Maestranza de Caballería. En la imagen aparecen soldados arrodillados ante el altar improvisado.
Tres arcos triunfales de naturaleza efímera y una enorme corona luminosa ofrecida a la ciudad por la empresa zaragozana Electra Peral embellecieron el paseo de la Independencia y la plaza de la Constitución. Esta se encontraba en lo alto del pedestal que en 1904 ocuparía la escultura realizada por Agustín Querol. Más de mil bombillas de colores de diez bujías iluminaban dicha corona.

Archivo María Pilar Bernad Arilla

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Domingo, 18 de octubre de 1903

A las nueve y media misa de campaña en la plaza de la Constitución.

El altar, construido por los soldados pontoneros, se adosó al monumento de los mártires de Zaragoza.

Las tropas estaban formadas a lo largo del paseo de la Independencia, y al terminar la misa desfilaron ante el Rey.

Desde las primeras horas de la mañana la animación en la citada plaza, paseo de la Independencia y calles inmediatas era grandísima. A cada momento llegaban nutridos grupos de baturros para tomar posiciones y ver llegar las tropas, que iban colocándose en el paseo indicado.

Los soldados vestían traje de día festivo, con capote. En el centro del paseo formó en columna cerrada la brigada de Infantería.

La brigada de Artillería y Pontoneros, con sus respectivos regimientos en columnas de secciones formaron, el de Pontoneros, en columna doble, en el lado de los porches del referido paseo; y el de Artillería, en el opuesto, teniendo sus cabezas ambos algunos metros antes del arco de la Maestranza.

El regimiento de Lanceros del Rey se situó a continuación del de Pontoneros y el de Cazadores de los Castillejos detrás del séptimo regimiento montado de Artillería. La música del regimiento del Infante se colocó al lado de la epístola para tocar durante la celebración de la misa.

El altar aparecía en el centro de la plaza de la Constitución, dando frente al magnífico arco de la Maestranza, bajo rico dosel de terciopelo. 

El altar, construido por los pontoneros, elegantísimo en su forma y decorado, se levantaba sobre una plataforma que sostenían trancos de puentes y remos cruzados. Rodeábanle gallardetes y escudos de las Ordenes militares y lo adornaban plantas y flores en gran profusión.

Se subía por una rampa, a cuyo pie aparecían los cañones y trofeos militares.

El día había amanecido muy despejado y hermoso, y la plaza y el paseo, iluminados por espléndido sol, presentaban magnífico golpe de vista al formarse las tropas.
 

Fotografía inédita. El regimiento de Pontoneros tendió en presencia del rey un puente de barcas sobre el Ebro, por el que pasaron las tropas de la guarnición, ya que solicitó al coronel de dicho cuerpo el deseo de presenciar ese ejercicio.

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A las nueve y quince minutos llegaba S. M. el Rey, a caballo, seguido por el Ministro de la Guerra, sus ayudantes, y el Estado Mayor, del cual formaban  parte el capitán general Sr. March, y los generales de la guarnición que no tenían puesto en la parada, y la sección de Escolta Real.
Don Alfonso se colocó con el Ministro de la Guerra y su Estado Mayor bajo el arco de la Maestranza. A la izquierda del altar se situó la Escolta Real. Los maestrantes de Zaragoza, el gobernador, el alcalde con el Ayuntamiento, la Diputación y las demás autoridades y Corporaciones se colocaron al pie de la rampa.

Más de ocho mil personas llenaban la plaza y el paseo, en los balcones, adornados con colgaduras, se apiñaban grupos de hermosas mujeres; el sol, deslumbrador, arrancaba poderosos reflejos a las armas y uniformes; de la calle y de los balcones surgía un poderoso clamor que no se interrumpió mientras duró la ceremonia.

Ofició en la misa el arzobispo, Sr. Soldevila, revestido con magníficos ornamentos.
Numerosos fotógrafos, colocados en los balcones, tomaron vistas del grandioso espectáculo para los cinematógrafos.

Terminada la solemne ceremonia, Don Alfonso presenció el desfile de las tropas desde el Coso.
Caminaron las fuerzas al paso abriendo marcha la Infantería, formada en columnas por secciones.
En igual forma desfiló la Artillería, y luego el regimiento de Pontoneros, en columna doble. La Caballería pasó formada en columna. Al pasar la tropa, el público aplaudió su marcialidad.
Llamó la atención de todos los regimientos de Pontoneros.

Varios accidentes. 
Al desfilar las tropas por la plaza de la Constitución, cuyo piso es asfaltado, ocurrieron algunos accidentes. Muchos caballos del regimiento de Lanceros resbalaron y cayeron. Mientras unos jinetes se levantaban rápidamente, siendo aplaudidos por el público, otros rodaban por el suelo.
Hubo caballo que en el espacio de cien metros cayó tres veces al suelo. También cayeron muchas mulas de los carros da Pontoneros.
 

La banda de música del Regimiento del Infante a su paso por el Coso. 
En la fotografía aparece el edificio donde se situaba la que fue sede de la sucursal del Banco de España y anteriormente palacio de Simón Ignacio Tarazona desde 1769, derribado en los años 40 del siglo XX. Una de sus fachadas laterales recaía en la antigua calle de los Graneros. En 1862 se cambió el nombre de la vía por la del Teatro, hoy de Eusebio Blasco.

Archivo María Pilar Bernad Arilla

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En la Facultad de Medicina. Los estudiantes y el Rey. 
Después de presenciar el desfile, Don Alfonso, con su comitiva, se dirigió a caballo al magnífico edificio de la Facultad de Medicina.

Al desmontar el rey, gallardamente por cierto, los estudiantes le hicieron una ovación. Tras dar la mano al rector de la Universidad, Sr. Ripollés, y a los profesores, saludó con la cabeza a los alumnos.

Rodeado de estos y los estudiantes, entró el monarca en el edificio de la Facultad, dirigiéndose al salón de conferencias, ocupando el sillón del profesor en la cátedra.

Los catedráticos se apropiaron de los banco, llenándose la galería de bulliciosos grupos de estudiantes. El ministro de la Guerra y las personas de la comitiva Regia se colocaron de pie detrás de D. Alfonso.

Difícilmente se hizo silencio entre los estudiantes que continuaban sin interrupción las vivas al rey.
El rector pronunció un breve discurso dándole las gracias por haberse dignado acoger el saludo de los estudiantes y los catedráticos, y por honrar con su presencia a las Facultados.
«—Los estudiantes zaragozanos—dijo—no olvidarán nunca esta distinción.»
Las palabras del Sr. Ripollés fueron acogidas con grandes aplausos.

Discurso del Dr. Royo Villanova.
El catedrático de la Facultad de Medicina, D. Ricardo Royo Villanova, que goza de gran popularidad entre los estudiantes y es persona de gran ilustración y ciencia, leyó un Mensaje dirigido al soberano en nombre de estos.

"Al honrar el rey la casa de nuestros estudios y nuestros amores, le envían las Facultades la expresión de las simpatías que despierta su juventud.

Le suplican que, teniendo en cuenta el número de analfabetos que pregonan la enseñanza pobrísima que se da en España, incapaz de hacer progresar los estudios, se interesó por lograr una reorganización definitiva, a fin de evitar los grandes daños que produce en la juventud el aumento de las materias que componen la enseñanza.

En corazón joven como el del rey y en su espíritu culto esperan las Facultades que tendrá lugar preferente la preocupación del progreso en la enseñanza, pensando que la decadencia científica ha coincidido con los desastres que abatieron nuestro viejo poderío.

Ruegan al monarca que llame la atención de su Gobierno para que no regatee los recursos en las atenciones sagradas de la instrucción pública, cuya verdadera reorganización, en el sentir de la opinión española, debe tener por fórmula, no las economías, sino el gastar más y gastarlo mejor.
Quiera el cielo que prospere vuestro reinado de tal suerte, que seáis conocido por las generaciones venideras con el nombre de Alfonso el Promovedor de la cultura española".

Contestó el rey: Agradezco de todo corazón—dijo—las muestras de afecto que he recibido de vosotros, estudiantes y profesores, saludándome ayer en las calles de Zaragoza, a mi llegada, hoy haciendo llegar hasta mí palabras de cariño y consideración.

Como joven, no extrañaréis que a los jóvenes me dirija primeramente, accediendo a las indicaciones llegadas hasta mí, concediéndoles dos días de vacaciones, el martes y el miércoles, en recuerdo de mi visita.

Es seguro que estudiantes que demuestran tanto amor al estudio sabrán ganar en el resto del año lo que en estas breves vacaciones pierden.

Las palabras que hasta mí hacéis llegar, expresión de las aspiraciones de un profesorado inteligente y de una juventud ganosa de estudiar, quedarán grabadas en mi alma.

Seré intérprete de ellas cerca del Gobierno, con tanto más gusto cuanto que esos mismos son mis sentimientos y aspiraciones, pues aunque por mi nacimiento soy Rey de España, por mis años y por mis aficiones no soy más que un estudiante como cualquiera de vosotros.

Visita a los  cuarteles.
Desde la Facultad de Medicina se dirigió el rey, a caballo, a visitar los cuarteles. Primero visitó el de Santa Engracia, donde se alojaba el regimiento de Infantería de Aragón; después el del Carmen, donde se acomodaba la Artillería montada; el de Sangenís, del regimiento de Pontoneros, y el del Cid, de los Lanceros del Rey. En todos ellos hizo D. Alfonso maniobrar las fuerzas. En el de Artillería mandó enganchar las baterías.
 

La brigada de Pontoneros desfilando en columna doble por el Coso zaragozano. Al fondo, la plaza de la Constitución con el edificio de la Diputación Provincial de Zaragoza engalanado para la ocasión. Fotografía tomada desde uno de los concurridos balcones del edificio contiguo al Palacio de Simón Ignacio Tarazona.

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El Rosario. 
La procesión del Rosario general salió esa tarde a las seis y media del templo metropolitano del Pilar recorriendo las calles de Don Alfonso I, Manifestación, Mercado, Cerdán, Coso, Don Jaime I, plaza de La Seo y calle y plaza del Pilar. Acontecimiento siempre solemne, revestiría magnificencia mayor ese año, ya que la concurrencia de asociaciones religiosas fue mayor, y nuevos estandartes y faroles abrillantaron el espectáculo.

El Rey presenció desde el Palacio Arzobispal, acompañado del Ministro de la Guerra, el duque de Sotomayor, y sus ayudantes, cuando la procesión regresaba al Pilar, rodeando la Plaza de La Seo en círculo. Como en cada farol se representa un misterio de la Letanía, se hizo explicar las distintas representaciones.

La novedad más importante de la procesión en ese año fue el paso de Nuestra Señora de la Ascensión, que constituía un cuadro verdaderamente artístico. La bella escultura de la Virgen, era conducida por 32 jóvenes vestidos con túnicas blancas, escoltados por monaguillos de todos los templos de Zaragoza. Al pasar por delante del soberano, éste se arrodilló. La multitud, que llenaba la plaza, prorrumpió en vivas atronadoras.

La visita a los Círculos—El Mercantil, El Casino Principal y Nuevo Círculo.
Tras el banquete oficial realizaría una visita al Casino Principal, al Nuevo Circulo y al Centro Mercantil.

A pesar de saber que muchos socios de este Centro eran republicanos, mostró empeño en ir como demostración de simpatía a las clases mercantiles.

Los edificios de las tres Sociedades estaban magníficamente engalanados desde la puerta de entrada. Los criados, de gran gala, formaban a lo largo de las escaleras. En estas, en los vestíbulos, entradas y salones había profusión de luces y de flores. En los salones se hallaba toda la buena sociedad aragonesa. Acompañado por las Juntas directivas, el Rey recorrió los salones de aquellas Sociedades y en el Nuevo Círculo, sociedad aristocrática que preside el barón de Espés, se celebró una agradable fiesta.


Lunes, 19 de octubre de 1903

Esperando al Rey.
A las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana regresaba a Madrid en tren, de su viaje a Zaragoza, S. M. el Rey. Así acababa un periplo intenso y productivo para los intereses de la corona en tierras zaragozanas. Un viaje que podemos rememorar gracias a la generosidad de María Pilar Bernad Arilla, quien conserva en su archivo fotográfico imágenes que en su día pertenecieron al Deán de La Seo, Florencio Jardiel.
 

Magnífica fotografía realizada desde el Coso zaragozano, lugar desde donde Alfonso XIII continuó disfrutando del desfile. Al fondo, la plaza de la Constitución, en la que los edificios aparecen cuajados de curiosos y decorados con innumerables banderas y ricos faldones. Los viandantes tampoco quieren perderse el magnífico cortejo. 

Archivo María Pilar Bernad Arilla

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