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Exposición. Fausto Díaz Llorente. Sin. Técnica mixta



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Fausto Díaz Llorente presenta sus técnicas mixtas en la muestra "Sin" en la sala de exposiciones de Fundación Ibercaja.

"Espejo callado y elocuente.
Garza divaga, concha en la ola, nube en el desgaire,
espuma colgaba de los ojos, gota marmórea y dulce plinto no ofreciendo".

José Lezama Lima.
 
En un famoso poema de Lezama Lima ("Muerte de Narciso") se concluye diciendo que el espejo averigua calladamente. Una dedicación a la que también se aplican pintores como Fausto Díaz. Resulta, además, que el de Narciso es un tema que en su caso es recurrente. Un tema que no olvidó en uno de sus mejores ciclos de pinturas, el titulado “Mitos”. Allí era un alter ego del artista quien, ante el lienzo, parecía dejarse engañar por la naturaleza frente a la que plantaba el caballete, y en la que se creía verse reflejado, siendo él quien era incapaz de escapar de sí mismo. Toda una confesión de subjetividad irremisible que, conjurada por la lucidez, se transforma en rara objetividad expresionista y en una lúdica caricatura barajada en los arquetipos.

En ese cuadro, la imagen del pintor abandonaba su cuerpo y se dejaba arrastrar por un río, ensayando una hibridación  de Freud y Heráclito. En otras dos excelentes versiones del mismo mito, el sujeto se asoma a un espejo o poza circular. Esta forma geométrica toma el protagonismo, convertida en elipse por arte de la perspectiva. Se establece así un juego entre el rectángulo del cuadro y el círculo, o tondo, donde el reflejo vuelve a pintar. Un cuadro dentro de otro, por lo tanto. Y cada una de estas dos pinturas suma, además, alguna clave o guiño referencial. El mundo neorrococó de Kokoschka y otros austriacos aficionados al rosa y a la carne, y a las pinceladas amplias, disueltas y expresivas, se insinúa en un caso; en otro, la camisa estampada del Narciso parece que esté inspirada en el Jasper Johns tardío, y en sus tramas de rayas.

También como Jasper Johns, Fausto Díaz hace las cifras un motivo pictórico. Varios de sus cuadros los acaparan cifras y signos aritméticos, tratados como objetos, en una trama que llena toda la superficie, una sopa de números de tamaños diversos en la que destila cierta ironía al plantear una composición descentrada, laberíntica, como la de los expresionistas abstractos, pero protagonizada por signos matemáticos. Y es que, en general, parece que en la obra de Fausto Díaz se plantee un combate entre subjetividad y objetividad.

Uno de los empeños más curiosos del pintor ha sido su serie "Rocinante". Su amigo Fernando Ferreró le dedicó a ésta un poema estupendo, donde atinaba con la paradoja, al calificar como “glorioso y perdedor” el horizonte por donde trotaba el rocín de Don Quijote. La silueta del caballo no elige un paisaje, sino una escenografía abstracta y geométrica. Un mundo mental. De nuevo, como en los “narcisos”, se recurre al diálogo entre cuadrados y círculos. El círculo, en la opinión de Fausto Díaz, representa una  mirada deliberada, como a través de un objetivo. Casi un disparo.

En estas obras de constructivismo “habitado”, la serie “Rocinante”, tan relevante como la pura pintura lo es el diseño de la trama de madera o andamiaje donde se presenta, que no debe confundirse con un simple enmarcado, porque se tratar de una puesta en escena. Es lo mismo que sucede en unos trabajos bastante esotéricos que, a mi juicio, están entre lo mejor que ha hecho Fausto Díaz. Son pequeños óleos que se muestran en cajas de madera, pero a través de ventanas ovoides. La “mirada deliberada” y construida, se presenta de nuevo. El extraño objeto que se ve en esas pinturas es algo parecido a un cuerno, tal vez una media luna, o, por qué no, la afilada uña de un felino. El huevo fue siempre una imagen de la perfección y de la inmortalidad en Piero della Francesca, también en Lucio Fontana, pero no deja de suponer algún peligro, puesto que desconocemos lo que hay dentro. La forma ovoide, como ventana vuelve a conducirnos a la paradoja.

En “Muerte de Narciso”, Lezama hablaba de espejos silenciosos y de espuma en los ojos. La pintura de Fausto Díaz introduce también ese efecto perturbador y revelador. Por ejemplo, en la visión de "Momento fantástico". A la mujer que reposa en un extremo se le ofrece un repentino torbellino de peces rojos y de pájaros oscuros. El observador vemos que se integra en el diseño, nuevamente, como en los narcisos, con nuevos sentidos.

En algunos otros de los cuadros del pintor, este observador o paseante aparece también como motivo, en toda una serie de ellos donde se trata de un personaje tocado con una gorra roja (sacada de la iconografía del Quattrocento), y cuya cabeza emerge del límite inferior, invitando a que nos preocupemos de lo que sucede sobre él. Y lo que sucede es que el vuelo de los pájaros se convierte en un dibujo, o un tejido, de nuevo las mágicas elipses, convirtiendo en algo perdurable (en la pintura) lo que en el acontecer es sólo efímero. Se reconoce aquí que, en la misma pintura, las nubes o los arcos triunfales tienen la misma consistencia.

Es importante observar que Fausto Díaz maneja la pintura, los mitos y la geometría. Que su trabajo reúne las lecciones de los maestros renacentistas o barrocos junto a las de las vanguardias. Y suma las enseñanzas de la poesía. Quedémonos, así, con la certidumbre plástica y la incertidumbre poética de ese cuadro suyo, magnífico y rotundo que se titula “El pastor, el poeta y el loco”, y que parece el retrato triple de una personalidad única.
 
Alejandro J. Ratia

Entrada libre. Dirigido aPúblico en general.
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16/09/2019 - 31/12/2020

EDUCACIÓN Actividades para escolares y en familia

Centro Ibercaja La Rioja. Logroño


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