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DOS GRUPOS ESCULTÓRICOS DE AGUSTÍN QUEROL DISTANTES CASI 8.000 KILÓMETROS

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FRAN RÍOS RAFFO / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Eran las postrimerías del XIX y España se mantenía en el mismo epígrafe, seguía siendo un imperio, si bien un imperio renqueante al que otro imperio, éste naciente y vitaminado, no tuvo reparos de noquear.   

Sin  embargo, por lo que lloraban las madres no era por las banderas arriadas en Cuba y Filipinas sino por los miles de hombres jóvenes perdidos en el afán por seguir izándolas, chavales que nunca llegarían a sembrar, cosechar, ordeñar o esquilar, que nunca pisarían una fábrica ni aprenderían un oficio, que no serían bachilleres ni licenciados y que jamás se encamarían con sus mujeres para concebir juntos a otra generación de españoles menos maltratada por la Historia. Choca el que tal catarsis no esté presente en nuestra cotidianidad, cuando apenas necesitamos retroceder a un bisabuelo para topar con ese mozo de las Cinco Villas que dotado sólo de un Mauser y un traje listado fue enviado a la otra mitad del Globo. 

En Zaragoza, por esos mismos días, había dejado de tener sentido el que la otrora útil fuente de Neptuno continuase rememorando el juramento de una díscola princesa, planteándose los ediles la necesidad de erigir en su lugar de la plaza de la Constitución un monumento que inculcase los patrióticos valores que empezaban a titubear en la ciudadanía. Dada la inmediatez de la debacle colonial lo lógico hubiese sido alzarlo en honor de aquellos mozos sacrificados ultramar, pero no fue así. Inmediato el centenario de los Sitios, a los gobernantes les interesaba sobremanera su exaltación. Podían discursear durante horas rememorándolos sin verse involucrados y tal vez honrando a los héroes de 1808 el pueblo se olvidaría de la desastrosa clase política que acababa de despeñar a la Nación. En frase de Ramón y Cajal: «en la guerra con los Estados Unidos no fracasaron el soldado ni el pueblo sino el gobierno» (*). 

Coincidente en el tiempo, la reapertura de la basílica de Santa Engracia había emocionado al zaragozano pío e impresionado al impío. La tradición vinculada a los mártires cristianos yacentes en su subsuelo nunca había quedado olvidada. Ya en noviembre de 1813, apenas los napoleónicos iban por Zuera en su retirada, el Ayuntamiento movilizó a los vecinos para desescombrar la cripta enronada con la voladura de 1809. 

Con el asalto francés también se había arruinado la famosa Cruz del Coso, supuesto emplazamiento de dicho martirio (*), vuelta a levantar en 1826 y definitivamente desmontada una docena de años más tarde. Las élites más tradicionalistas consideraban que tal actuación municipal exigía una reparación y la Real Sociedad Económica de Amigos del País requería de forma vehemente su restitución. Así, en 1899 el canónigo Florencio Jardiel instó a la Real Academia de San Luis a aceptar la propuesta de Ricardo Magdalena para el basamento de una alegoría a los “Mártires de la Religión y la Patria”. 

Dionisio Lasuén había modelado para la misma un conjunto escultórico, más épico que piadoso, que no satisfizo las pretensiones de la Academia. Habiendo presentado ya el proyecto ésta se apresuró a aclarar al Consistorio que había que «eliminar  la  parte  de  escultura  que  en  él  aparece  colocada, tratándose de una mera  indicación de lo que podrá ser en su día». En adelante sería de la misma Academia de quien partiese «el programa descriptivo de lo que dichas estatuas debían representar». Como consecuencia, cuando en octubre de ese mismo año se colocó la primera piedra del monumento, todos estaban lejos de conocer la composición de la parte figurativa, que finalmente y prescindiendo de concurso fue adjudicada a Agustín Querol, quien, por cierto, también erró en su primera propuesta, pues no culminaba en una cruz como solicitaban los patrocinadores. 

Con independencia del motivo, y como habiendo pasado ya dos años el escultor parecía demorarse, el  “Diario  de  Zaragoza” insinuó que tal vez pudiera deberse a que se le habían apretado en exceso las tuercas al artista. Querol salió al paso manifestando que realizaría de balde su obra, con lo que Jardiel dirigió al periódico un escrito explicándose: «no pudiendo la Comisión gratificar a Querol en la medida que exigen su nombre y su trabajo, el distinguido artista, antes que consentir que otro ejecutara  la  obra,  se  brindó  a  hacerla  gratuitamente,  regalándola  al  Sr.  Moret».


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Inaugurado en 1904, fundidas sus piezas por la barcelonesa Masriera y Campins, el grupo resultante no alude a las tropas de Cavite o a los heroicos resistentes de Baler. El representado es un paisano cuyo  rostro es inalcanzable al paseante pero del que sí vemos la faja, los calzones y las alpargatas, tópicos todos que conducen al patriota de los Sitios. La presencia del ángel y la cruz de la cima dejan claro que el caído moría en defensa de la fe. Para aquel aguerrido zaragozano el que las tropas extranjeras le hubiesen tronchado los albergeros y mancillado a una hija adolescente no era tan afrentoso como la pretensión de los jacobinos de apartar a España de la auténtica religión.   

Pero voy adonde quería ir desde el principio. 

Si como se ha dicho, las bases del que sería “monumento a los Mártires de la Religión y la Patria” quedaron especificadas en 1899 por la Academia, tal cosa sucedió ocho años más tarde de que el Ayuntamiento de La Habana promoviese la elevación del obelisco dedicado “a las víctimas de la catástrofe del 17 de mayo de 1890”.  

Esa noche, habiéndose declarado un incendio, en principio no grave, en una ferretería del barrio viejo de dicha capital, encontrándose bomberos y voluntarios afanados en la extinción una enorme explosión hizo desplomarse el edificio, falleciendo más de 35 personas. Al parecer el propietario almacenaba dinamita que por evadir tasas no había declarado. 

La erección de este monumento en el cementerio de Colón se concretó mediante una suscripción realizada por el “Diario de la Marina”. La comisión a cargo eligió el proyecto conjunto presentado por Julio Zapata y Agustí Querol, siendo inaugurado el panteón el 24 de julio de 1897.

Aunque realizado en mármol, el planteamiento del memorial habanero tiene mucho en común con el zaragozano; una cruz en la cima, el ser angélico señalando al cielo con las alas batientes y en los brazos el cuerpo inánime del caído, que allá viste un uniforme de bomberos. De igual modo, el modelo de basamento tiene semejanzas; la escultura se apoya en un torreón almenado, al pie, sentadas sobre tronos de piedra, las alegorías en aquél son cuatro; la Abnegación, el Dolor, el Heroísmo y el Martirio, en tanto aquí sólo hay una, la propia ciudad de Zaragoza. Coincide también el zócalo dentado sobre el que las damas se aposentan. Ricardo Magdalena por fuerza hubo de haberle echado un vistazo a la obra de Zapata. 

Se asume que tanto uno como otro pudieron inspirarse en el pedestal que Miguel Aguado realizó para la estatua de María Cristina, ubicada en el Buen Retiro y moldeada por Benlliure en 1889, pero aunque así fuera, es evidente que la Habana y Zaragoza llevan más de un siglo compartiendo diseños. La comisión zaragozana estaría por fuerza al corriente de las características del mausoleo cubano, en su momento comentado a ambos lados del Atlántico, dada su magnificencia.
 

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No se puede dar por concluso el relato omitiendo otro centenario celebrado en ese tramo final del XIX, el trigésimo de la invasión de Aragón por las tropas castellanas. La trastada de Pérez y la pataleta del achacoso Felipe II concluyeron en la condena a muerte de la máxima autoridad aragonesa bajo la acusación de hacer cumplir las leyes que había jurado. La ejecución de Juan de Lanuza, lejos de ser un episodio de remembranza provinciana, fue un acontecimiento definitivo. Sin aquella decapitación la historia social y económica de Aragón hubiese sido otra.

Zaragoza, poco celosa de su historia civil, no contaba con un monumento dedicado al Justicia. Así las cosas, al tiempo que mosén Jardiel porfiaba  ante la municipalidad para alzar en la plaza de la Constitución el renovado memorial a los mártires del primer siglo, otra élite proponía emplazar en ese mismo lugar una estatua de Lanuza. Es obvio quiénes ganaron el pulso. En ese mismo 1904 el monumento al Justiciazgo se instalaría en el óvalo vacante tras la migración de Pignatelli a Torrero. 

La matrona sentada a los pies del ángel, en la hoy plaza de España, da la espalda a la ciudad vieja y mira hacia el paseo de la Independencia, entonces el futuro. Simbólica o involuntariamente, también la efigie del Justicia mira hacia la periferia. Habría que preguntarles la razón.

(*) Dice la tradición que los dieciocho cristianos murieron degollados, siendo ese el lugar en el que con posterioridad sus cuerpos fueron quemados.
(*) “El Mundo visto a los 80 años” 
 

 

 


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