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LA CARTUJA DE AULA DEI

ARCHIVO DANIEL ARBONÉS VILLACAMPA, 1962   

Portada de ingreso a la iglesia, taller de los escultores José y Manuel Ramírez de Arellano. 
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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MANUEL ORDÓÑEZ GRACIA / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Ya no quedan cartujos en Aragón, los últimos que mantenían viva una presencia desde hace cinco siglos, si bien con numerosas interrupciones, abandonaron el último cenobio aún en funcionamiento en el año 2011, cuando el entorno de la cartuja en la que vivían dejó de ser el mejor para la vida retirada que habían elegido. El  alejamiento de núcleos de población, una de las razones de su construcción en ese lugar, estaba dejando de ser tal, debido a la expansión del barrio de Peñaflor o la construcción de pequeñas urbanizaciones, y el tránsito por las carreteras cercanas rompía el silencio que caracteriza a la orden de los cartujos.

Pero había más razones que movieron a los últimos monjes a buscar un mejor acomodo, una de ellas su escaso número, tanto como las dimensiones de los edificios, desproporcionadas para sus pocos habitantes. Otra, tanto o más importante, la obligación de permitir visitas a la iglesia para contemplar las pinturas de un joven Francisco de Goya. Con grandes limitaciones, solamente los hombres pudieron entrar a verlas en 1996, aunque tras la lógica polémica por la discriminación que ello suponía, los monjes se vieron obligados a permitir la entrada también a las mujeres, para lo que se habilitó un pasadizo, minimizando de este modo las molestias que pudieran ocasionar.

La primera mujer que visitó la cartuja sin dispensa papal fue S.M. la reina doña Sofía en 1998. Anteriormente, y de manera oficial, solamente tres mujeres habían accedido al recinto, la infanta Isabel de Borbón en una visita que hizo a Zaragoza en 1908; la restauradora Teresa Eloísa Grasa en 1978-1979, cuando trabajó en la recuperación de las pinturas de Goya; e Inés Lafuente en 1993, secretaria judicial, para tomar declaración al prior en relación con una querella. Alguna otra atravesó sus puertas sin necesidad de dispensa papal, aunque fuera por error, como Cristina Camín, hija del propietario de una empresa de grúas y que en 1990, acompañando a su padre en el camión, cumpliendo con el suministro de una excavadora para unas obras, entró al patio, hasta que un monje detectó su presencia y la llevó a una sala. Una vez terminada la entrega de la maquinaria, salieron juntos del recinto.

Uno de los cartujos busca el consuelo.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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Sin embargo, antes de la normalización de las visitas, hubo alguna excepción anterior a esas fechas, como la que permitió a Daniel Arbonés Villacampa adentrarse en Aula Dei y tomar imágenes de los cartujos, de manera que podemos ver momentos de su vida diaria que hasta entonces no era posible conocer, en la última de las tres cartujas existentes en Aragón que mantuvo su actividad monástica.

Seguramente, fue con expectación que don Daniel vivió la experiencia de entrar en un recinto en el que la vida de sus habitantes estaba dedicada a la oración, al estudio y al trabajo, sin permitir interferencias de un mundo exterior al que consideraban ajeno a su modo de concebir la existencia.

Lo podemos imaginar frente a la entrada de la portería y observando en el frontispicio exterior la leyenda “RESTAURATA LEONE XIII ET PIO X PONTIFICIBUS MAXIMIS, 1903”, año en el que se terminó una amplia restauración de la cartuja. Apenas dos años antes estuvo a punto de venderse y ser derruida por sus propietarios para obtener el dinero necesario, y de ese modo saldar sus deudas.

Tras tirar del llamador de la puerta, el Hermano portero le permitió acceder al recinto y, atravesando esta, apareció ante sus ojos la imagen del patio de honor, con sus dos estanques circulares, pasados los cuales se presentaba la fachada exterior de la iglesia, en apariencia modesta, y que no permitía imaginar lo que escondía en su interior.

Después de entrar por la puerta exterior acristalada, ante su vista, la portada de la iglesia, que se puede apreciar en todo su esplendor en la primera fotografía, obra en yeso del taller de los escultores José y Manuel Ramírez de Arellano. El segundo llegó a ser miembro de la cartuja en condición de “donado”, lo que implicaba una promesa de entrega o donación para servir a Dios y a la Orden, y esta se comprometía a cuidar de todas sus necesidades espirituales y materiales. Murió en 1793, y en el documento en el que se registra su fallecimiento consta como “Hermano Manuel Ramírez”.

Un Cartujo se dispone a entrar a la iglesia en total soledad. 
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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La portada es una mezcla de estilos barrocos, con influencias rococó y neoclásicas, cuyo motivo central, sobre la puerta de entrada, es la Asunción de la Virgen, representada en un medallón con María recostada y rodeada de los Apóstoles. Bajo este, las armas de don Hernando de Aragón, motivo que también está grabado en cada uno de los clavos con forma de concha que jalonan la puerta de madera que da acceso a la iglesia. A los lados, dos esculturas que representan a San Juan Bautista y a San Bruno, fundador de la orden cartuja.

Traspasando esta puerta, se entra a la iglesia, edificio principal del monasterio, y que encierra entre sus muros la obra de Francisco de Goya, con frescos en sus paredes laterales y sobre la puerta de entrada, de los cuales solo se conserva una parte. Los demás se perdieron a lo largo de la agitada existencia de la cartuja, dañados sobre todo en la época en la que la iglesia se utilizaba como secadero de las telas que la fábrica de tejidos y estampados de Juan Francisco Clarac, establecida allí en 1841 y constituida en 1840, producía en una cartuja reconvertida en edificio industrial. La humedad de las telas recién estampadas y los vapores de los productos químicos que de ellas se desprendían, acabaron totalmente con cuatro de los frescos de Goya y parcialmente con otros dos.

Fueron los hermanos Buffet los encargados de completar, a inicios del siglo XX, sobre lienzo en este caso, las pinturas destruidas, y de restaurar, si bien de una manera poco ortodoxa, las partes más dañadas de los frescos supervivientes pintados por Goya.

Rincón de estudio en una de las celdas.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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Volviendo a las fotografías de Daniel Arbonés, en ellas nos muestra momentos íntimos de la vida de los cartujos. En una de ellas, un monje está sentado en el rincón de estudio de su celda, donde pasaba en soledad el tiempo que no empleaba en los rezos en la iglesia. Treinta y cinco celdas iguales y dos algo diferentes daban cobijo a los monjes, en las que oraban, estudiaban y trabajaban. Para poder realizar estas actividades, estaban distribuidas en varios espacios que hacían más confortable la vida en ellas. Por dar idea de su amplitud, la habitación ocupaba 30 metros cuadrados, la antecámara otros 40, el pasillo y talleres 86, y cada celda disponía de 136 metros de jardín, por el que el cartujo podía pasear o cultivar algunos productos. La comunicación con el claustro, además de por la puerta, se hacía por un pequeño ventanuco a través del cual su morador recibía diariamente la comida. En algo mejoró en este aspecto su calidad de vida, puesto que con anterioridad cada cartujo debía prepararse su comida dentro de la celda.

Uno de esos jardines interiores lo podemos ver en otra de las imágenes, en la que, con la torre de la iglesia de fondo, un monje pasea, con el rosario en la mano, entre las plantas y árboles que a diario cuidaba y cultivaba, al lado de la fuente central, mientras mira al fotógrafo que plasma ese momento de recogimiento.

Quizá el momento más íntimo, y podríamos decir que sobrecogedor que pudo captar Daniel en su visita, es el de un monje orando ante las cruces del cementerio. Situado en el centro de la huerta del gran claustro, es la última morada de los monjes. Bendecido dos veces, la primera en 1567 por el Obispo de Utrica, auxiliar de don Hernando de Aragón, y la segunda por el arzobispo Soldevila el 28 de enero de 1903, tras la vuelta de monjes a Aula Dei, ocupa una superficie de casi 800 metros cuadrados, y en el que hay 100 fosas. El monje cartujo vive en silencio y con sobriedad, característica que se cumple también en el momento de su sepultura. Sin ataúd, vestido con su hábito y colocado sobre una tabla, el cadáver es bajado a la fosa, recubierto con tierra y sobre ella se coloca una cruz sin nombre ni distinción alguna, en una clara referencia a lo igualadora que resulta la muerte.

Jardín interior de una de las celdas.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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Una de las imágenes nos muestra una vista general del patio de honor, con una amplia avenida bordeada de jardines con setos y en la que, con la iglesia al fondo, podemos ver otros dos de los edificios con los que contaba el monasterio. A la derecha, la hospedería, con tres plantas, baja, noble y ático de galerías. El de la izquierda, gemelo del anterior y construido en 1902, era el destinado al alojamiento de los Hermanos y en él se encontraba la farmacia.

Antes de volver ya al mundo exterior, Daniel podría leer otra inscripción en el muro interior de la portería, esta dedicada al monarca reinante durante la restauración, “RENOVATA REGNANTE ALPHONSO XIII, 1903”.

Las imágenes que acompañan el texto solamente nos muestran algunos de los momentos de la vida de los cartujos, una vida fundamentalmente dedicada a la oración y de la que apenas nos podemos formar una leve idea al verlas. El frío del invierno, al que solo podían combatir al abrigo de las estufas de sus celdas, les acompañaría en sus rezos y cánticos en la gélida iglesia y en las misas que, completamente en solitario, los Padres celebraban en las capillas del claustrillo.

Los monjes que aparecen en las imágenes son algunos de los últimos que mantuvieron la tradición en la cartuja de Aula Dei, desde aquel lejano 29 de febrero del año 1564, día en el que el fundador y benefactor de la misma, el arzobispo don Hernando de Aragón, pusiera la primera piedra y empezara su construcción. Los primeros monjes que la ocuparon provenían de la cartuja de Nuestra Señora de las Fuentes, en Lanaja, con una trayectoria cuajada de problemas financieros para su manutención, y para la que la epidemia de 1558 fue la puntilla, obligando a cerrar temporalmente el cenobio. El 8 de diciembre de 1562 la comunidad decidió fundar otra en diferente lugar o unirse a la de Porta Coeli en tierras valencianas. La primera opción es la que triunfó, trasladándose a Zaragoza, fundando Aula Dei.

Oración ante las tumbas anónimas.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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La actividad en la cartuja se mantuvo durante más de trescientos años, pero el inicio del siglo XIX supondría el comienzo de la interrupción de la vida monástica en Aula Dei. La Guerra de la Independencia (1808-1814) les obligó a abandonarla temporalmente por primera vez, circunstancia que volvió a repetirse durante el Trienio Liberal (1820-1823) y durante la Desamortización de Mendizábal (1835-1836). Tras varios cambios de propiedad a lo largo del siglo XIX, los cartujos regresaron en 1901 al monasterio, hasta que como ya se ha dicho anteriormente, en 2011 lo abandonaron, esta vez parece que para siempre.

Patio de honor.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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Un momento de esparcimiento.
Archivo Daniel Arbonés Villacampa.

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