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LAS ESCLUSAS DE CASABLANCA Y SU REDOLADA

FONDO ALDAY / KUTXATEKA

  

Panorámica general de las esclusas y casa del “Molino de San Carlos”, hacia 1898.
Kutxateka/Fondo Alday/Fotógrafo Juan Rafael Alday

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ALFONSO MARTÍNEZ ABAD/ANTEAYER FOTOGRÁFICO ZARAGOZANO

Historia de un lugar y de una gran obra de la ingeniería ilustrada que transformó el paisaje y consolidó una población.

Estamos ante una fotografía de una temática poco común. El fondo delante del cual posa el caballero de bombín no es un edificio o monumento especialmente artístico, ni un bucólico paisaje natural. Ni siquiera algo pintoresco según el concepto romántico del momento. Pero algo de todo ello tiene la magna obra que tras de él se aprecia. Se trata de las esclusas y del denominado “Molino de San Carlos”, cuyo conjunto constituye una de las más grandes infraestructuras que legaron los ilustrados que soñaron el Canal Imperial de Aragón. 

Desde el principio, a las impresionantes esclusas y los puentes sobre el camino real y de comunicación, todo construido con sillar calizo, se le añadiría la casa de compuertas, con su batán y sus molinos de grano. Y hasta una pequeña iglesia o ermita, bajo la advocación de Nuestra Señora del Pilar. A esta bajarían a misa los lugareños por la antigua calle de la Ermita (ahora Embarcadero), desde las pequeñas parcelas que habitaban. Eran estas fruto de la división de una gran finca, propiedad de don Tomás Pelayo, jurista y senador por Zaragoza. Este fue el germen de un barrio habitado por gentes de campo, de pequeñas edificaciones anexas con jardín posterior, constituido sobre el eje de una calle bautizada con el nombre de su ilustre promotor. Por todo su término, pequeñas explotaciones agrarias y ganaderas, las denominadas “torres”, se extendían diseminadas entre caminos, acequias principales y sus hijuelas.

Fuera de plano, a la derecha, encontraríamos una sólida edificación de dos plantas. Había sido levantada durante la construcción del canal para ser destinada como almacén, corral de animales de tiro e, incluso, lugar de reclusión de presos empleados en la excavación del cajero. Por su acabado exterior, encalado, se la denominaría “la Casa Blanca”. Así quedaría bautizado también, por extensión, todo el paraje de alrededor. También molino y esclusas. Más tarde, en el lado norte del “corralón de la Casa Blanca” se fundarían las escuelas públicas, con acceso por una calle que se le dio en llamar por tanto “De las Escuelas”.

El lugar está cargado de multitud de reminiscencias históricas. No solo relativas a la llegada del agua a Zaragoza, cuyo buen fin tanto había sido puesto en duda en aquellos últimos lustros del siglo XVIII y a cuyo recuerdo se erigió la Fuente de los Incrédulos. También recuerda la posición de baterías artilleras junto a la primera compuerta y el puente. Parapetados tras éstas las tropas de la ciudad se enfrentaron a la mayor maquinaria de guerra mundial. Y cómo, finalmente, aquél amargo día de febrero de 1809, Pedro María Ric firmó la capitulación de la ciudad ante el mariscal Lannes. Y se hizo en el mismo edificio de esclusas que podemos ver, por entonces cuartel general del ejército invasor. Detrás quedaron el valor de la población y un inmenso reguero de muertos. Ambas circunstancias llegaron a conmocionar al mismísimo mariscal.
 

Puente sobre el Camino Real de Madrid, a su derecha apeadero de la línea Zaragoza-Cariñena y, bajo el estribo, el pequeño embarcadero en el que Fernando VII finalizó su paseo. Ca 1898
Kutxateka/Fondo Alday/Fotógrafo Juan Rafael Alday

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Dos décadas después, ya casi olvidado el gobierno francés, Zaragoza recibiría la visita de SS.MM. Fernando VII y esposa, rey aquél que la historiografía califica de nefasta memoria. Por tan alta distinción, quiso la municipalidad obsequiar a sus ilustres invitados con un paseo fluvial. Quizá se tratara de demostrar que no todo era tierra seca y sol en este paisaje nuestro. A tal fin montaron los monarcas en una barcaza engalanada bautizada como “San Fernando”. El recorrido uniría el puerto de Miraflores, en Torrero, con el de la Casa Blanca. El final de la corta singladura resultó, al decir de los cronistas, sumamente  placentera para Su Majestad. Tanto fue así que D. Fernando aprovechó la ocasión para expresar su admiración por la ingeniosa maniobra que permitía el ascenso y descenso de las embarcaciones, al tiempo que se mostraba francamente impresionado por la belleza y frondosidad de las arboledas de alrededor, que llegaría a comparar con los jardines de Aranjuez. 
El final del siglo XIX iba a reconvertir el lugar en un auténtico nudo de comunicaciones coincidiendo todos los elementos de transporte vigentes en la época: fluvial, ferroviario y carretero. 

De esta manera, al acarreo de mercancías provenientes de las fértiles huertas del valle alto del Ebro, Jalón y de las Cinco Villas (todas ellas trasladadas a bordo de barcazas tiradas por mulas), se uniría la línea regular de viajeros que, con salida desde Torrero y paradas en Gallur y otras poblaciones ribereñas, finalizaba su recorrido en el Bocal de Tudela. Casablanca disponía de embarcadero donde también podían apearse, o subir a bordo, los pasajeros que así lo deseasen.

Difícil es no apreciar en la primera fotografía los raíles de la línea ferroviaria Zaragoza-Cariñena, inaugurada en 1887. Por la misma encontraron salida adecuada los modestos caldos y la producción agrícola del campo de Cariñena. A la par, por unos pocos céntimos de peseta, los viajeros podían realizar sus desplazamientos con la comodidad que daba un medio de transporte moderno y rápido para la época. El apeadero de Casablanca se encontraba apenas unos metros pasado el puente. Tras aquél, la línea trazaba una curva abierta buscando el norte, hacia el centro de la ciudad. El primer tramo, recto, daría origen años más tarde y ya desmontados los raíles, a la calle de La Vía. 
Por carretera viajeros y mercaderías entraban en Zaragoza cruzando el viejo puente del “Camino Real de Madrid”, que todavía subsiste bajo el actual y desde cuyo pretil quiso el fotógrafo plasmar la imagen que admiramos. Cruzaba el puente una pequeña acequia, ramal de la de La Almotilla, disputándose el pequeño espacio de su calzada con hombres, diligencias, carros y cabalgaduras. Todos afanados en entrar en la población para dar buena cuenta de sus negocios. Los sufridos arrieros y sus bestias encontraban reposo y avituallamiento en la popular Casa Blanca del Canal, ahora reconvertida en posada. 
 

Vista de la primera esclusa, hallándose su compuerta cerrada. Al fondo la HARINERA URRIÉS, en esos momentos fuera de funcionamiento. Ca 1898
Kutxateka/Fondo Alday/Fotógrafo Juan Rafael Alday

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Volviendo la vista de nuevo al edificio principal, la casa de esclusas, apenas se distinguen las grandes letras que rotularía la COMPAÑÍA ARAGONESA DE ELECTRICIDAD, una de las primeras empresas de la región que explotaría la generación hidroeléctrica desde 1894. Los viejos molinos de harina y el batán de cinco pilas habían dado paso a la “fábrica de electricidad”. La fuerza del agua que antaño molía el grano de Cinco Villas iba a ser ahora utilizado en mover unas turbinas firmemente acopladas a sus generadores eléctricos. Una línea aérea, al decir de algunos la primera de España, transportaría el “fluido eléctrico” a la subestación del centro, en San Miguel. De esta manera pudieron disfrutar tempranamente de alumbrado artificial los socios del Casino Principal, los clientes del Café Ambos Mundos y de algunos otros edificios y establecimientos.

Al fondo, la curiosidad invade al observador. Un alto edificio sobresale entre los campos de olivos centenarios vigilando el cansino desfile de las aguas. Se trata de la vieja fábrica de HARINAS URRIÉS, suministradora del Ministerio de la Guerra, que en ese momento se encontraba fuera de funcionamiento. Una intensa pugna legal con su vecina fábrica de electricidad por unos derechos de concesión hidráulica, había dado como resultado el cierre de la factoría harinera, sin posibilidad de ser usada como tal. Posiblemente fuera este el motivo de que, en 1896, la SOCIEDAD DE TRANVIAS DE ZARAGOZA anduviera en tratos para su adquisición total. Bien podrían disponer del establecimiento y de su concesión hidráulica con el fin de aprovecharla en la futura conversión a tracción eléctrica de los tranvías que circulaban por la ciudad. El proyecto no prosperó y dejó los edificios un tiempo más abandonados de todo uso. 

Por fin, en 1926, los Padres Pasionistas adquirieron fábrica y finca anexa para establecer en Zaragoza su Casa-Convento en la que se formaran los futuros religiosos de la congregación. Cuarenta y cuatro años después, el arzobispado les encargaría la atención de una nueva Parroquia bajo la advocación de Santa Gema Galgani. Los viejos edificios que levantara en su día D. Alberto Urriés, perdurarían hasta la década de los ochenta del pasado siglo, habiendo superado los cien años.

En la actualidad, como es natural, el entorno ha cambiado. Un parque, colegios y modernos bloques de viviendas acompañan el manso discurrir de las aguas hacia el viejo molino. Las compuertas se retiraron ya en la década de los cincuenta. Antes ya se había desmontado, también, la vía férrea del “Cariñena”. Pero para todo aquél que quiera admirar los frutos de aquellos tiempos de emprendedores, las esclusas siguen ahí, con su edificio recientemente restaurado, como también sigue, escondido, el pequeño puente si sabemos mirar bajo el nuevo.
 


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