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PLAZA DE SAN MIGUEL, HACIA 1896

ARCHIVO DANIEL ARBONÉS VILLACAMPA

ALFONSO MARTÍNEZ ABAD / Anteayer Fotográfico Zaragozano

Sin la presencia de la torre mudéjar sería difícil reconocer, a un simple golpe de vista, el espacio que se nos muestra en la fotografía de Coyne. La plaza de San Miguel ha cambiado mucho desde entonces. Y eso que aquí la vemos ya luciendo sus proporciones actuales, lejos de aquél “Rincón de San Miguel”, cerrado, por el que transitaban nuestros ancestros a mediados del XVIII.


Por allí entraron, dice la tradición, navarros y bearneses a las órdenes de Alfonso de Aragón jugando un papel relevante en la conquista definitiva de la ciudad. Y por ello se erigió una primera iglesia románica, bajo la advocación del Arcángel San Miguel, más tarde apellidada “de los Navarros”, germen del templo mudéjar que señorea la imagen.


Desde entonces se configuró, alrededor de la iglesia, un espacio de frontera entre lo urbano y lo rústico. Pensemos en jornaleros que salían cruzando el puente de la Huerva a faenar los campos de Montemolín y Miraflores. Y cómo treinta y tres toques de la Campana de los Perdidos, de nuevo hoy tañidos, guiarían su vuelta. Frontera entre la ciudad intramuros y sus rondas, recinto cristiano en el corazón de la nueva judería. Defensas contra el invasor francés y las facciones carlistas.


Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando se inicia el proceso de transformación hacia la plaza que hoy conocemos. Se construye, a la par que su gemelo de Santa Engracia, el nuevo puente de San José (1855). Y un año más tarde la piqueta derriba la casona que cerraba la salida a la
ronda. Muchos años más aguantó su compañera al amparo de los muros parroquiales, como hongo yesquero que se agarra a un tronco. En el lugar de aquella, la municipalidad levantó una puerta como homenaje al general Espartero. Una monumental Puerta del Duque de la Victoria que, al decir
de la prensa satírica de entonces, se abrió dos veces: una para el paso del general, y otra de arriba abajo (en clara referencia a su desplome pocos días después). Don Juan Bruil, prócer zaragozano, liberal y profundo admirador de Espartero, la reconstruyó pocos años después dándole el aspecto del momento de la fotografía.

 

 

Con el paso del tiempo la plaza, como si de una niña púber se tratara, se iba haciendo mayor. En 1862 se inauguraba la fuente de vecindad, modesta antecesora de la que apreciamos en el centro del jardín. Las alineaciones planificadas por los arquitectos Yarza y Jeliner iban poco a poco concretándose en los siempre dolorosos derribos. Como consecuencia de estos, la plaza duplicó su tamaño hasta ocupar el espacio actual. Desaparecieron así, edificios, corrales, y buena parte de la calle del Perro, por donde Goya y su familia anduvieron en su periplo zaragozano.


El ruido de picos y el polvo de la enrona llega hasta la portada de la iglesia. San Miguel, sable en ristre, no pierde ojo a todos los cambios. Pero no por eso deja de acosar al demonio que, cola en alto y bajo las sandalias del arcángel, lo mira enfurecido. Esa mirada… parece atemorizar a algún estudiantillo de la cercana Universidad Literaria. Y no es para menos: una nueva cabeza de Belcebú había sido recientemente esculpida por Félix Oroz. Y para ello éste tomó como modelo la propia de su antiguo compañero escolapio, ahora rector (y exigente profesor), don Jerónimo Borao. La cosa, claro está, derivó en grande enfado del magnífico personaje (del rector, no del Diablo).


Hubo que esperar a la década de los ochenta para que los señores regidores se decidieran a hermosear el rincón como es debido. A tal fin se construyó el jardín ovalado que se observa, con profusión de plantas y árboles y, en su centro, una sencilla fuente redonda. El jardín se cercó con prontitud, pues no faltaban arrieros que utilizaban la pileta de la misma como abrevadero de sus caballerías.

 

 

De inmediato, casi sin tiempo de admirar su flamante aspecto, un ingenio chirriante hacía su entrada por la calle Espartero proveniente del Coso: el tranvía de mulas de la línea Nº 1, del Bajo Aragón. Este, atestado de viajeros, envolvía el jardín central para atravesar después el arco de la Puerta del Duque. Su destino, el magno acontecimiento de La Exposición Aragonesa de 1885. Con el continuo trasegar de carros, berlinas y tranvías, la plaza se convierte en un espacio de gran concurrencia y circulación. A partir de entonces no dejaría nunca de serlo. Por ella acceden viajeros y visitantes de los cercanos pueblos del Bajo Aragón, y más tarde otros procedentes de la estación de Utrillas. También carreteros que, una vez pagado el impuesto de consumos, se dirigen a descargar a los graneros de la ciudad. En sentido contrario, salen trabajadores hacia las fábricas cercanas a pie de río, jornaleros de los campos, soldadesca del penal de San José… Incluso, en las mañanas ociosas del domingo, no faltan quienes acuden a los cercanos baños del Huerva para, una vez debidamente aseados, asistir a los partidos de pelota del Frontón Zaragozano. Un no parar.


Volvemos a la fotografía. El momento ha quedado congelado en una placa de cristal. El sol matutino proyecta sombras que, aunque apenas nos permiten vislumbrar una parte de la Puerta del Duque, sí remarcan adecuadamente las tracerías mudéjares de la torre de la iglesia. Y también su chapitel de zinc, sustituido en 1898 por uno nuevo modernista, fruto de la genialidad de D. Ricardo Magdalena. Los rayos comienzan a castigar el revoco de las humildes fachadas de los, entonces, números 13 y 14. El primero corresponde a una modesta casa de vecinos, que protege sus balcones como puede con recios toldos. Una fábrica el siguiente. Ambos desaparecerían pronto. Al filo del cambio de siglo, serían reemplazados por un moderno edificio de esquina achaflanada uno y por un solar a la espera de plusvalías el otro.

 

En las primeras décadas del nuevo siglo nuevos inmuebles continuaron desbancando las viejas casonas y solares. La nueva burguesía, que comenzaba a proliferar en la zona, demandaba mejores habitaciones, más higiénicas y con más luz. La vida moderna exigía acabar con “lo viejo”, con cualquier resquicio que recordara otras épocas más oscuras y miserables. Ya en 1907, al decir de los periódicos, pendía sobre la Puerta del Duque la tan temida espada de Damocles. Cuatro años más tarde, demolidos sus ingresos laterales, quedaba el arco central solitario. Y así permaneció, olvidado incluso por el tranvía que, en un gesto de profunda ignominia, pasaba junto al mismo mirando para otro lado. En 1919 fue derruido.


Totalmente abierta la plaza y con la reconstrucción del puente de San José llevada a cabo en 1925, quedó claro el papel que iba a jugar aquella en el universo urbanístico zaragozano: espacio de paso y salida del centro. Molestaba ya la fuente, su jardincillo y todo lo que no facilitara la libre circulación rodada. Los vehículos a motor pronto abrieron paso, arrasando con todo lo que se les puso por delante. Como si de una fatal herida de guerra se tratara, quedó desde entonces una cicatriz que nunca ha podido ser restañada.


En el transcurso del siglo XX cambiarían algunas cosas. Farolas modernas, de fea chapa galvanizada, reemplazaron a aquellas otras primorosamente fundidas en Averly que tanto se esforzaron en aclimatarse a los tiempos. No fue fácil para ellas la sustitución del aceite por el gas, ni la de éste por el fluido eléctrico. Cambiaron los pavimentos, desparramándose el asfalto sobre los adoquines. Aparecieron semáforos, señales de tráfico y publicitarias. En los setenta desaparecieron las casas adosadas al templo, ocupadas secularmente por campaneros, sacristanes y sus familias. El último vestigio del viejo “Rincón de San Miguel”.


En la memoria de muchos niños de los sesenta y setenta queda la imagen de un lugar bullicioso. Poco propicio para el juego, pero con mucha vida vecinal en sus aceras y establecimientos. Talleres, comercio al por menor de vinos y licores, peluquero con practicante y los bajos del número 13 donde se vendían árboles de Navidad con el frío y, cuando apretaba el calor, melones de Villaconejos. Estos géneros, apiñados contra el fondo del almacén, rodaban de manera esporádica según iban despachándose los situados en primera fila. La cosa divertía a los niños que por allí pasábamos rumbo a nuestras obligaciones escolares. Pero la sonrisa duraba poco. Unos metros más adelante, como si al hacerlo pudiéramos contener las furias del profesor por una lección mal aprendida, bajábamos la vista al suelo, evitando mirar así al temible demonio de San Miguel.

 


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