Esta actividad pertenece a Europa en la encrucijada

La crisis que para la Unión Europea y para Europa en general ha supuesto la concatenación de una migración masiva, una pandemia gravísima, la falta de acierto o de firmeza en decisiones, y el conflicto armado en Ucrania han puesto de manifiesto con crudeza las limitaciones de un proceso de integración acosado desde maximalismos contraproducentes y escaso de lucidez en sucesivos acuerdos alcanzados para tratar de adaptar la propia Unión Europea  en  el momento de su gran ampliación.

La Unión Europea se ha convertido  por un Tratado internacional en una Organización internacional de 27 Estados con un complejo sistema “comunitario” de adopción de decisiones, en el que, junto a representantes de los Estados miembros, que lógicamente no han renunciado a actuar, intervienen Instituciones comunes, como la Comisión Europea, el Parlamento europeo, el Tribunal de Justicia o el importantísimo Banco Central Europeo. Pues bien, una singular ONG, la del fundamentalismo ultrafederalista, no inscrita pero muy activa e intolerante, ha sido capaz  de forzar una interpretación exorbitante del artículo 17 del Tratado de Lisboa urdiendo una maniobra envolvente a los Estados miembros, que tardaron en reaccionar; ahora asistimos a un nuevo y más arriesgado intento de esa ONG al pretender crear una nueva Convención, como la que de forma grotesca aprobó la fracasada operación de un llamado Tratado “constitucional” que fue enterrado en abrumador referéndum por los pueblos francés y neerlandés no sin generarse un gran desasosiego en la población y en los Gobiernos nacionales. Tras esos referendos quedaban bastantes más por celebrar,  casi 10, la mayoría de los cuales hubieran sido también contrarios, y hubo de concertarse la paralización del  proceso. Los extremistas a que se alude se sienten tan fuertes en su irresponsabilidad que uno de ellos, español y entonces Secretario de Estado, llegó a proponer la desaparición de los Estados miembros y su conversión en “Comunidades autónomas” dela Unión Europea, y el Jefe de ese Gobierno le nombró Ministro… del Gobierno español.

Es bueno que la sociedad sepa que si hay una Convención para repetir la terrible  experiencia de la de Giscard d’Estaing la Unión Europea podría estallar, por la revuelta de no pocos Estados miembros, hartos de ser ninguneados en “su” casa, y por el despego de la población de los mismos. Arriesgar la supervivencia del euro, y de la propia Unión Europea, son nefandas traiciones  que deben ser denunciadas, pues tanto la Unión Europea como el euro son indiscutiblemente las bazas fundamentales para contener el declive europeo en un mundo globalizado que ha girado y mucho hacia el lejano Pacífico. Lo que hacen los ultrafederalistas (por puro y duro  egoismo: el Parlamento europeo llegó a pedir que la Comisión Europea incluyera como Comisarios a  un buen número de eurodiputados)  es un crimen antieuropeísta, digan lo que digan, al tratar de nuevo de sustituir la necesaria y lógica Conferencia intergubernamental de reforma de los tratados (CIG) por una asamblea masiva “naturalmente“ controlada por un reducido grupo de afines maximalistas (lo llamaron Presidium la otra vez…). Los Estados reaccionarán cada vez con más fuerza al percatarse de lo que ocurre,  en línea del luminoso libro   de Muñoz Machado “La Unión Europea y las mutaciones del Estado“ y las víctimas pueden ser  la propia Unión Europea y hasta el providencial invento del euro, que tantas devaluaciones nos está evitando y es nuestro último colchón de seguridad, aunque Yolanda Díaz llore por el incremento de los tipos de interés,  que moteja de “injusto”.

La otra cara de nuestras dificultades procede a veces de decisiones erróneas, o de falta de decisiones, de instancias comunitarias, como el  insensato y precipitadísimo  veto a la combustión en los automóviles para 2035 (brindis al sol “muriente” sin mirar a Asia), lo que arruina a la poderosa industria europea, que no ha sabido  cómo hacer “lobby” previo con eficacia, o la elección de la vía eléctrica en lugar de otras que serían más lógicas y más europeas,  y todo ello sin haberse adoptado  en Bruselas medidas de defensa activa de esa potente industria fuente de muchos miles de puestos de trabajo y ahora con perspectiva  decadente ante una competencia exterior  manifiestamente desleal por parte de competidores asiáticos “dopados” con gigantescas subvenciones. Un análisis debe ser siempre  lo más completo y autocrítico posible y, así, se verán las consecuencias dañinas de decisiones comunitarias erróneas, por insuficientes, equivocadas, excesivas o desproporcionadas. Una buena decisión política no puede ser nada de esto. Está ocurriendo más a menudo de lo aceptable, por lo que habrá consecuencias y no será fácil reparar los daños. No se sabe si Europa necesita más luz, como pidió Goethe, pero sí más lucidez. Nos lo jugamos todo y el fundamentalismo ultrafederalista  trata de nuevo de manipularnos, por puro y duro egoismo, bajo el manto de un falso europeísmo, que engaña a veces a  quienes no debería engañar.

Prof. Dr. Maximiliano Bernad y Álvarez de Eulate, catedrático emérito de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, comendador de la Orden de Isabel la Católica, presidente del Real Instituto de Estudios Europeos y catedrático europeo “Jean Monnet” de Instituciones y Derecho de la Unión Europea, Zaragoza.

 

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